Leyenda de Mª Auxiliadora y las Fiestas de
Mayo
de Atteneri C. Colón Gutiérrez
Muchas son las
historias que no se cuentan y las leyendas que se pierden con los años.
Esta, sin duda, bien
pudo ser una de ellas... O tal vez no sea real. A
quién le importa ya eso. Lo verdaderamente
importante es que resalta la belleza de un barrio que a mí, como ti,
me ha costado más de una sonrisa, y alguna que otra lágrima.
Todo ocurrió allá por el mes de Mayo, un
Mayo que poco o nada tenía de parecido a este. El
sacerdote del municipio de un barrio desolado y consumado por el hastío y el
desánimo de sus gentes, decidió mandar a construir una parroquia que resultara
no sólo lugar de culto y oración, sino también
un punto de encuentro para los ciudadanos de aquella comarca.
Y así fue, la parroquia se alzó en medio de una tímida calle cercana
al paseo principal del barrio. Muchos eran
los curiosos que paseaban y se quedaban contemplando su esbelta fachada de
piedra, pero pocos eran los que se decidían a
entrar. El sacerdote se percató de que algo fallaba en aquella parroquia que
con tanto esmero y agrado había construido para el deleite de todos los
vecinos. La iglesia carecía de patrón o patrona, no
había una imagen a la que elevar la mirada y dar gracias por el sol de la
mañana o el sencillo despertar de cada día.
El sacerdote, un poco desalentado por la
situación, imploró cada noche con más fe que la
anterior, a Santos y Santas que fueran la
representación de un barrio aletargado y
sin apetito de fe. La primera noche,
tras postrarse de rodillas frente al altar, dijo:
"Oh
virgen, yo te imploro...
". Y entonces, la Patrona de las islas,
se alzó ante él y le dijo: "Hijo mío, tu
familia del cielo agradece tan ardua labor la tuya. No decaigas, ya verás que
tanto esfuerzo dará su fruto. Encuentra a
ese Santo o Santa que te guiará a darle a este pueblo la fe que necesita.
Yo me debo a la Basílica de la Candelaria,
pero estaré a tu lado".
Así, noche
tras noche, durante un año. "Madre, dime
que harás de mí tu sombra y te subirás al retablo
para guiarme en esta etapa de mi vida".
Pero la Virgen de la Concepción le respondió:
"Hijo,
yo nunca he dejado de estar a tu lado, aun
cuando tú no me sentías cerca. Pero estoy destinada
a estar en la Parroquia que lleva mi nombre y
no puedo compartir esta trayectoria contigo".
El sacerdote constató que no era fácil
conseguir la figura que presidiera su iglesia, y
de tanto sufrimiento, comenzó a enfermar. Los médicos le pidieron que descansara
pero el sacerdote que temía por su vida, quería
dejar su templo preparado para el pueblo, al que él decía,
se debía. Y no cesó.
Una mañana en la que su corazón comenzó a
latir muy lentamente como si su camino hubiera ido demasiado deprisa, alzó
la mirada al cielo, y desde su cama proyectó
sus palabras al Padre Celestial: "Señor,
te he fallado, pero por más que lo he intentado no he conseguido terminar la
obra que me encomendaste. Tengo una precaria salud y me flaquean las fuerzas.
No obstante, te pido ayuda en estos momentos duros para mí y para mi pueblo. Si
hay alguna manera de dirigir mis
plegarias a una figura auxiliadora que
me dé entereza para continuar, estaré en paz
con mi pueblo, pues seré fiel a una promesa de mejora que le hice y estaré en
deuda contigo eternamente, Señor".
Dicho esto, María Auxiliadora apareció
delante del sacerdote y con sus suaves manos apartó la fiebre de su cuerpo, el
frío sudor de su frente y la palidez de su rostro: "Sólo tenías que
llamarme, siempre he estado aquí. José, haz de
mí la alegría del pueblo, el consuelo de sus gentes y las plegarias de los más
jóvenes. Y aquí, donde pusiste la primera piedra para
construir la casa de Dios, me quedaré
para siempre". Y así fue. Ese
mismo mes de Mayo, la Virgen de María Auxiliadora ocupó
el lugar que le correspondía en la parroquia de aquel barrio
aún sin nombre. Por tal motivo,
se llevo a cabo una gran celebración que reunió a cientos de personas:
ancianos, adolescentes, familiares y niños. Dicha festividad estuvo arropada
por canciones, lazos y cintas de colores,
juegos y bailes. Aquel mes de
Mayo, en el que el barrio del párroco José dio la bienvenida a su nueva patrona, la
primavera floreció como nunca antes lo había hecho.
Las flores tenían un aroma distinto y desde la lontananza se respiraba
convivencia, se sentía confraternidad y se escuchaba la alegría que parecía
desbordarse a raudales, por momentos.
A la fiesta del
barrio acudió gente de todos los rincones, algunos
curiosos y otros interesados por el cambio que en
este lugar había acontecido.
Todos querían verlo con sus propios ojos y preguntarle al sacerdote
cómo lo había logrado. El párroco
siempre respondía humildemente:
"Defender
Utopías Genera Grandes Ilusiones", al decir estas palabras el sacerdote
comprendía que había mucho de especial en ellas y finalmente entendió que había
encontrado el nombre de su barrio, aquel nombre
que tanto tiempo había buscado y que siempre había estado tan cerca: Duggi. No sólo la
obra de Don José, hizo mella en los vecinos, sino
también el aprendizaje que llevó consigo su empeño: los vecinos
del Barrio Duggi habían aprendido que de una pequeña
semilla puede germinar mucha vida, si se propone
con esfuerzo y tenacidad. Desde ese día el barrio había dejado de ser un
conjunto de callejuelas para ser un rincón privilegiado
de la capital, y hoy, muchos
años después, éste cuenta con un hospital de niños y
mayores, un gran colegio, un precioso parque, una de las mejores zonas de
compras de Santa Cruz, innumerables viviendas y, sobretodo,
un sin fin de vecinos que llevan este barrio tan dentro de su corazón,
como yo del mío.
* Este escrito
obtuvo el segundo premio en el concurso de la iglesia Mª
Auxiliadora, mayo de 2010