Bipolar

 

Juan Manuel García Ramos

 

Para los que hemos tenido que tratar, indirectamente al menos, con el trastorno afectivo bipolar, antes conocido, en el ámbito psiquiátrico, como psicosis maníaco-depresiva, el libro del periodista neoyorquino Michael Greenberg, Hacia el amanecer, recién traducido al español por la editorial Seix Barral, es un documento de muy estimable ayuda.


Ya existía, en nuestra lengua un testimonio algo cercano, obra del novelista Luis Mateo Díez: La piedra en el corazón (Galaxia Gutenberg, 2006), donde el escritor leonés y miembro de la Real Academia Española, nos dejaba un testimonio autobiográfico estremecedor.


La piedra en el corazón era la historia de una familia, de una ciudad y de un día: la familia que forman Liceo y Aurea, y la hija de ambos, Nima; la historia de Madrid y del trágico 11 de marzo de 2004, aunque estas dos últimas circunstancias sean más bien laterales frente a la fuerza que cobra en el relato la enfermedad padecida por Nima, un trastorno bipolar agravado por la ingestión periódica de pastillas y alcohol, y la desazón lúcida que produce ese quebranto de Nima en el padre, que es la voz que conduce y modela la narración de los hechos.


En Hacia el amanecer es otro padre el que cuenta una experiencia semejante: lo sucedido a su hija adolescente Sally un 5 de julio de 1996 en Nueva York.


Como ya escribimos en su día, el trastorno afectivo bipolar es un simple y terrible desequilibrio bioquímico del cerebro que te lleva del cielo al infierno, o viceversa, en un corto espacio de tiempo. Una enfermedad del alma que no deja alcanzar, a quienes la padecen, el sosiego emocional suficiente para pasar por este mundo como uno más de los tantos seres humanos capaces de enfrentar la vida sin mayores complicaciones. Las huidas hacia la depresión o hacia fases maniacas, hacia ese insomnio permanente, son las huidas que el enfermo hace de sí mismo y del mundo que le ha tocado vivir y que él no acepta. Dicen los estudiosos de ese mal que sus síntomas estaban en biografías ilustres, como las de los escritores Mark Twain o Ernest Hemingway, como las de los músicos Tchaikovsky o Schumann, como las de los pintores Van Gogh y Gauguin, o como las de los líderes políticos Winston Churchill y Oliver Cronwell.

 

Pero esa nómina estelar de personalidades nada le dice a un bipolar, en nada le ayuda en su diaria batalla por ordenar una vida condenada a la dispersión. Y a la indefensión, porque la bipolaridad se ha convertido en estos tiempos nuestros en una suerte de cajón de sastre de muchas dolencias mentales que carecen de verdadera filiación científica. Como el que se agarra a un clavo ardiendo, los psiquiatras se aferran a las novedosas denominaciones técnicas de las enfermedades cerebrales que han de tratar, esas terminologías gremiales son un salvoconducto para relacionarse con sus pacientes y sus familias, siempre ansiosas de poner un rótulo apacible al pánico que les produce la inaceptable oscuridad de los comportamientos abruptos de sus seres queridos.


Leer el libro de Michael Greenberg sobre la repentina enfermedad de su hija Sally es comprobar la universalidad de las medicaciones con que se intenta hoy atacar la dolencia bipolar y el fracaso de los efectos secundarios que esas medicaciones producen en los enfermos que las soportan. Un tirar barro a la pared por parte de la medicina que se ocupa de ella que, en la mayor parte de los casos, genera desesperanza en esos enfermos, en sus entornos afectivos y en el mismo psiquiatra que prescribe los terribles e irremediables fármacos si quiere combatir unos trastornos de conducta que han sacado de la realidad a los que los padecen.


A lo largo de nuestras vidas, podemos columpiarnos entre bellas palabras o vocablos que nos aterran, expresiones que nos deshumanizan progresiva e imparablemente. La bipolaridad, si es algo, es un trato patológico con las palabras y las imágenes que esas palabras nos acercan. Las fases maniacas de la bipolaridad no son sino desencuentros verbales con nosotros mismos, que ya no nos reconocemos en nuestras propias palabras. Durante esas fases maniacas, un torrente ajeno de sonidos y sentidos empieza a alejarnos de la lógica convencional de la existencia humana y a abismarnos en la pura animalidad.


En unas bellas cartas que el padre del Premio Nobel de Literatura V.S. Naipaul dirigía a su hijo cuando éste estudiaba en Oxford, se nos dice que en la criatura humana coexisten las cosas del hombre, animal de la naturaleza, y las palabras del Hombre, el ser de la civilización, en una suerte de dialéctica perenne entre el flujo del pensamiento salvaje y el lenguaje sofisticado. ¡Qué delgadas son las fronteras entre el comportamiento racional de las personas y el comportamiento irracional que de pronto irrumpe en ellas!


Esa es la sorpresa que sufre Michael Greenberg un 5 de julio de 1996 al encontrarse en su propia casa con una hija que no llega a reconocer. La historia que nos cuenta en su libro es su esfuerzo por adentrarse en los laberintos por los que su hija se desliza de pronto para no perder su contacto con un ser que se ha vuelto extraño de la noche a la mañana. La vida de Greenberg ha quedado modificada desde ese día del verano del noventa y seis en que la identidad de su hija se quebró como la rama de cualquier arbolillo frágil, y él trata de recuperar el equilibrio perdido a base de contarse a sí mismo y a los demás lo sucedido. Usa las armas del columnista del Times Literary Supplement, del guionista y narrador que es: las armas verbales. Y en esa tarea mezcla otros argumentos de su vida de simple ciudadano: la existencia de un hermano esquizofrénico que le hace albergar una culpabilidad genética con respecto al mal que ataca a su hija, un segundo matrimonio con una mujer que no es la madre biológica de Sally, una ex esposa contaminada de ciertos idealismos orientalistas, algunos apuros económicos en el terreno profesional, y la Nueva York algo bohemia de los creadores que merodean el Village como escenario de toda la historia.


El éxito del libro de Greenberg en Estados Unidos y en Europa, donde catorce editoriales acaban de comprar sus derechos, es el resultado de la veracidad de partida de todo lo que nos cuenta. Greenberg nos detalla en primera persona su desconcierto al conocer el mal de su hija y al tenerla que ingresar en un psiquiátrico, él es el narrador de su propia historia y eso persuade a sus lectores desde el primer momento. La Sally de la realidad es la misma Sally en las páginas del libro, porque la hija enferma de Greenberg así lo decide y lo comunica al padre que escribe su tragedia. La complicidad entre el autor del libro y los protagonistas de su crónica y el lector que se acerca a ellos es más intensa que cuando un novelista nos entrega fábulas ajenas a su propia biografía. La crítica literaria llama al trabajo de Michael Greenberg autoficción, y no es Greenberg, por supuesto, el primero en cultivar ese género, pero sí uno de los que lo ha ensayado con mayor despliegue publicitario y más exquisita sabiduría de estilo. Un libro de nuestro tiempo. Desgraciadamente.