CARIBE

 

Luis León Barreto

 

Estas aguas de transparencia verde, estos manglares y estos bosques prietos son algo más que una postal turística. Son también un testimonio de sufrimiento. Cuando cruzas la isla de Santa Lucía -que fue española, francesa, británica y ahora es una nación independiente- llegas a un caserío que se llama Canaries y sientes la emoción de saber que por allí estuvo presente nuestra diáspora.

 

Selva tropical, aves de mucho color, cascadas, volcanes. Lo criollo es evidente en este espacio en que la inmensa mayoría de la población desciende de los africanos traídos para cultivar las tierras de sus amos. Y es que África brota por cada poro de estas islas, lo aprecias en los mercadillos callejeros, en la artesanía, en la actitud relajada de los rastafaris que predican el regreso al continente negro.

 

El Caribe está hecho de resorts, complejos con el todo incluido. La mayoría del turismo es norteamericano: viajes de novios, escapadas. Pero los españoles también asoman con fuerza, hay inversión hotelera importante. Las iguanas corretean por el césped, mimosas, esperando una fruta o una fotografía. Carretera arriba, te sale al paso un nativo ofreciéndote una serpiente que acaba de capturar. Él busca paisajes, acaso caiga una aventura de turismo sexual. El Caribe es una postal turística con gente que lo pasa bien y otra que se resigna.

 

El Caribe es la mezcla, el mestizaje, el sincretismo de religiones, de colores, de culturas. Amaneceres y atardeceres son de una luz esplendorosa, casi violenta. Y las playas, de aguas quietas y burbujeantes, nos remiten a películas: entran piratas, Robinsones, escenas de iniciación amorosa. Aguas calientes, ganas de vivir, inmensa variedad de coctelerías de ron. ¿El paraíso?

 

* Fuente: laprovincia.es