El cartucho y la bolsa de plástico (I)
Arguayo
Como
todo el mundo a mi edad, recuerdo con añoranza mi juventud. En la década de los
cincuenta, para sacarnos un dinero, la familia montó en casa una pequeña
industria para fabricar aquellos cartuchos de papel donde se transportaban los productos
alimenticios de la venta a casa, y de cuya materia prima nos surtía la Papelera Canaria.
Eran unas resmas de papel que pesaban una barbaridad, y que teníamos que cargar
a hombros unos cuantos kilómetros, desde el barrio de Buenos Aires, frente a la
"Casa de la Húngara",
hasta La Higuerita.
Para pegar el papel, utilizábamos unos polvos que se
mezclaban con agua tibia y formaban el engrudo. La "maquinaria" de
montaje era bastante simplona: tablero de madera sobre tres burras, cubo de
zinc de aquellos donde se guardaba la comida de los cochinos, pala para licuar
la pega, tazón grande con brocha, dos tijeras de podar y un lápiz de
carpintero. Fabricábamos tres tipos de cartuchos, pequeño, mediano y grande
(como el típico que aún vemos en las películas americanas, donde el chico lleva
las viandas para hacerle la cena a la chica).
En
aquella "empresa" trabajaba toda la familia y dos maromos que
merodeaban a dos de mis hermanas. Empezamos suministrando a dos ventas del
barrio, ampliamos a otra de El Charcón, tres de La Cuesta y otra más en Vistabella. Teníamos toda la "producción"
colocada. Empezamos a ganar un buen dinerito que dio sus primeros frutos en la
mejora de la especialidad de mi madre, el arroz amarillo de los domingos, que
se convirtió en la paellita canaria. De vez en cuando también nos tocaba medio
chusco con una jícara de chocolate. Se compró una camisa nueva para el mayor,
así que la suya pasó al segundo, la del segundo al tercero y así sucesivamente.
Todo iba de maravilla, e incluso había que trabajar hasta altas horas de la
noche para cumplimentar los pedidos, pero el negocio en sí y la prosperidad
acabaron con él.
La
primera razón de aquella quiebra fue que el "jefe de producción"
perdió el dinero que utilizábamos para comprar las resmas de papel, aunque las
malas lenguas dijeron que las perras fueron a parar al bolsillo de una tal Concha
la Paquete,
mujer muy famosa que llegó a traspasar fronteras. En una época que trabajé en
una fábrica de fibrocemento, que estaba en Barranco Grande, conocí a un tal Mr.
Fulford, de Fulford Company, intermediario de Londres, a través del que se
traía el amianto de África del Sur. Una vez que vino de visita a la isla,
alguien lo llevó de juerga a casa de La Paquete, y debió de pasarlo tan
bien que unos años después que volvió a Tenerife, nada más llegar preguntó por Concha
la Bulto.
Otra
causa del cierre del negocio fue la entrada en el mercado de la bolsa de
plástico, la malvada, la que se resiste, la que degrada el paisaje, montañas,
valles, ríos, mares, que debe de ser dañina hasta para la Luna, y que tarda
cuatrocientos años en quedar eliminada. Esa es la que acabó con nuestro sueño
industrial, y como ahora, todos fuimos al paro. Pero, ya ven, cincuenta años
después, se quiere eliminar la bolsa de plástico y todo lo que lleve este
material. Será sustituida por otra más ecológica, más bonita, pero que tenemos
que pagar los consumidores.
No
estoy del todo de acuerdo con esta clase de ecologismo imperante, y me parece
que hay gato encerrado, que alguien, no sé muy bien quién, se va a beneficiar
de esta desaparición, pero como se me acaba el folio, dejo el tema para una
segunda parte. Continuará...
El Día, 21-09-2009