Charles Darwin

 

Luis Ortega

 

Al frente de un equipo de televisión, la bióloga Sarah Darwin recrea estos meses el viaje que, entre 1831 y 1836 y a bordo del Beagle, realizó su famoso bisabuelo por las costas de los océanos Atlántico y Pacífico, y que incluyó exploraciones a regiones salvajes, selvas, desiertos, cursos y desembocaduras de ríos e, incluso, ascensiones andinas. La gran aventura proporcionó al sabio material para una docena de libros -instrumentos capitales para la comprensión de la naturaleza exenta de convenciones y tópicos- y, además, datos contrastados para formular su diáfana teoría de la evolución (Sobre el origen de las especies, 1859) que puso en solfa la investigación y la enseñanza de las ciencias naturales hasta entonces y fue vapuleada por el integrismo académico y, con virulencia pareja ante la Biblia amenazada, desde los púlpitos católicos y las tribunas protestantes.

 

En el ameno Diario de un naturalista alrededor del mundo, Charles Darwin (1809-1882) recordó su ilusión por visitar Tenerife, la primera escala prevista después de leer las meticulosas observaciones del barón Alexander Von Humboldt, y la frustración por la cuarentena impuesta por las autoridades a los veleros británicos por una epidemia de cólera desatada en Plymouth, de donde habían partido en los últimos días de 1831. Con todo, la isla y el Teide entraron en el relato, cuando tras una infernal travesía, los otearon bajo los rayos del sol y cuando, poco después, una lancha se acercó con la prohibición de tocar puerto. Entre la alegría de la visión y el desencanto del veto, el científico se emocionó con los perfiles rocosos, la amplia bahía protegida por la cordillera de Anaga, la blanca ciudad expandida a su sombra y, como insólito regalo, la aparición de peces voladores a los costados del velero.

 

No pudo comprobar in situ las investigaciones de los inquietos viajeros que, desde fines del siglo XVII, hallaron en Canarias un museo vivo y cercano, y se despidió con pena y con "el coloso que guarda la tierra a sus espaldas". Ciento setenta y ocho años después, una joven descendiente pateó el territorio prohibido, retrató las faldas fértiles y silvestres y las cañadas del volcán más famoso y estudiado del mundo, para una producción documental sobre las islas volcánicas y, también, como una reparación sentimental del incumplido sueño del patriarca, cuya memoria no descansa de los ataques del conservadurismo radical, empeñado en restituir la asignatura del creacionismo, en las escuelas primarias de ciertas democracias occidentales.