LAS
CRÓNICAS DE LA
COLONIALIDAD (I)
Francisco
Javier González
Algo más de siglo y medio después de que Colón
“descubriera” las Indias Occidentales y
llevara a esas “nuevas” tierras de Incas, Aztecas y Mayas, transmutadas luego a
América , la “civilización” occidental de la cruz, la espada, las encomiendas,
los virreyes y la esclavitud; 110 años después de que los portugueses
comenzaran a “civilizar” Brasil; 105 años después de que los franceses de
Jacques Cartier plantara en tierras de hurones y algonquinos, una cruz de
madera y tres flores de lis, y “adquirieran” así a Quebec para el rey francés; 55
años después de que Walter Raleigh fundara lo colonia de Virginia; 20 años
después de que el Mayflower “peregrinara” a cristianizar, sajonizadamente eso
si, a Massachusetts y 15 de que los holandeses de la Compañía Neerlandesa
de las Indias Occidentales instalaran en la desembocadura del Hudson a la
abuela de la actual Nueva York con el nombre de Nieuw Amsterdam, fueron los
suecos los que, reinando en el país escandinavo la Reina Christina -la
de verdad, la llamada “Minerva del Norte”, la amiga de Descartes y no la Greta Garbo de la
película de Mamoulian- se propusieron instalar en el norte de Abya Yala otra
colonia “civilizadora” europea más: “Nya
Sverige”.
Los suecos desembarcan en el hoy gringo estado de
Delaware en 1638 y fundan “Fuerte Cristina” en el solar del actual Wilmington,
población inicial de la
Nueva Suecia que ese mismo año cuenta ya con más de 600
suecos establecidos. Desde los puertos de Stockholm y Gothenburg parten regularmente
los navíos que llevan hombres, pertrechos y municiones a la nueva colonia, en
liza desde su nacimiento con la vecina colonia holandesa de “Nueva Amsterdam”.
Algunos, como el “Katt” atracan, con
problemas, en Puerto Rico y las mercancías para Nueva Suecia terminan
decomisadas por los españoles a pesar de la amistad que unía a la Reina Christina
con el Rey español Felipe IV a quién había regalado dos obras de Durero, pero
la colonia va creciendo paulatinamente y creándose nuevos fuertes para frenar a
los holandeses.
En septiembre de 1653 la Reina Christina decide
enviar una nueva expedición de apoyo a la incipiente colonia -la décima desde
su fundación- y ordena al Capitán de Navío Mr. Johan Bockshorn el traslado en
su barco, el “Öhrn”, de unas 100
familias, mercancías y municiones para el apoyo del Gobernador de Nueva Suecia
Mr. Johan Printz. Nombra también la reina sueca a Mr. Johan Rijsingh, del Royal
College of Commerce, como Comisario y
Consejero Asistente del Gobernador, a Sven Schüte como Comandante de la Milicia a Mr. Elias Gyllengreen
como Teniente de Navío y al joven ingeniero y matemático (cartógrafo) por la Universidad de Upsala,
Per Lindheström, recomendado por el muy influyente Commercial College como
políglota (latín –la lengua culta de Europa, alemán, danés y francés, además de
sueco) y como informador/supervisor del estado de las fortificaciones en la
colonia y de las características de la misma. El Öhrn zarpa de Estocolmo hacia
Gotemburgo y, a primeros de 1654 reúne a la tropa y a los hombres libres a
trasladar a Nueva Suecia estando listo para zarpar a principios de febrero,
pero entre tormentas y hielo se va retardando la partida. Finalmente tras una
serie de peripecias entre Calais y Dover, de ser cañoneados y apresados por una
fragata inglesa y de conseguir finalmente pasaportes ingleses de libre
circulación, el Öhrn, saludando con salvas de sus cañones, se hace de nuevo a la mar desde la Bahía de Weymouth junto a la
isla de Portland en la mañana del 3 de marzo de 1654 rumbo a Nueva Suecia.
El Öhrn deja a estribor el inglés Cabo de Sorlinger y
a babor el francés de D’Ouessant y se interna en el Océano Occidental hacia las
colonias americanas pero, casi inmediatamente, se desata una violenta tempestad
y fuerte oscuridad que dura 17 días, hasta que, totalmente perdidos, entrada la
noche del 20 de marzo avistan tierra y logran llegar a una amplia bahía con las
luces de una ciudad al fondo donde los saludan con una salva a la que el Öhrn
responde con sus cañones. Al no conocer que gente poblaba aquella costa, el
capitán Bockshorn convocó en plena noche al Consejo del Barco formado por el
comisario Rijsingh -que actuaba de Gobernador en presencia de extranjeros- el comandante Schüte, el Teniente Gyllengreen
y el ingeniero P. Lindheström, en previsión que los pasaportes suecos que
llevaban con el sello real no fueran legibles ni entendibles por las
autoridades del territorio, por lo que Lindheström, como políglota se encargo
de redactarlos nuevos en latín y trasladar los sellos de cera de la Reina Christina a
los nuevos pasaportes.
Poco después de amanecer el 21 de marzo tres balandras
partieron de tierra y abordaron al Öhrn con el Gobernador de la Plaza, D. Philipo, y
numeroso acompañamiento. Al conocer la nacionalidad y destino del barco y dando
por buenos los pasaportes, preguntó al capitán sueco como era posible que
hubieran navegado casi tres semanas, arribado a su puerto y no saber donde
estaban, por lo que le narraron lo sucedido, que concordaba con grandes
tormentas que también en puerto habían sufrido. Lindheström, como cronista de
la expedición, relata que el Gobernador “nos
pidió si teníamos lino fino, jamón ahumado o algo parecido, lo que entre ellos
es considerado una rareza, y el Comisario Rijsingh ordenó traer 2 prendas de
lino fino de Holanda y 8 piezas de buen jamón ahumado, lo que regaló al
Gobernador, que las aceptó con mayor agradecimiento que si le hubiéramos dado
varios cientos de monedas”.
El Gobernador invitó a Mr. Rijsingh y a lo suecos más
notables -los primeros suecos que arribaban a ese puerto y ciudad- a bajar a
tierra y, tras una nueva serie de peripecias, de las que la menor no fue el ser
acogidos a pedradas por la gente que recelaba de los luteranos infieles, pedradas
que no cesaron hasta que el Gobernador envió a “un oficial para que fuera por toda la ciudad y a la entrada de las
calles, acompañado de varios pregoneros y tocando tambores, a proclamar y
anunciar que si, de una forma u otra, alguien se atrevía a tocarnos o
atacarnos, perdería la vida”, los suecos se alojaron en la ciudad en casa
de un cónsul, alemán de nacimiento, llamado Hieronymus Lievent, y contrataron
un interprete francés para que les sirviera mientras estaban en tierra. El
Gobernador envió, a la caída de la tarde, a un paje al hospedaje de los suecos
para invitar a Mr. Rijsingh y al resto de oficiales suecos a una cena en su
palacio al día siguiente, cita y cena de la que da cumplida cuenta el ingeniero
Lindheström.
“El día 22 de
marzo fuimos conducidos por los mensajeros del gobernador, a su palacio para
celebrar el banquete al que nos había invitado la tarde anterior. Por ese
motivo y debido a que éramos oficiales, envió a muchos negros con sombrillas
para acompañarnos. Cada negro llevaba una sombrilla sobre la cabeza de un
oficial para protegerla de los rayos del sol. Estas sombrillas están hechas
como un gran cono y en su parte más baja son anchas como el fondo de un gran
barril. Son de arpillera y están teñidas de rojo, verde, azul, amarillo o de
cualquier color, con estrellas pintadas en el cono; un gran penacho de seda
teñida y tafetán, de 3 anas de largo (1,80 m. aprox.), sujeto por encima del cono, está atado
firmemente a una larga vara pintada. El negro agarraba con ambas manos esta
vara y caminaba detrás del hombre al que daba sombra; y llevaba la sombrilla de
modo que estuviera suspendida exactamente por encima de su cabeza. En el
palacio del gobernador fuimos tan magníficamente tratados que la pluma no puede
describirlo. Nunca habíamos visto una cena tan suntuosa, con solo dulces, ni
hubiésemos podido imaginar que sería posible encontrar tantas frutas creciendo
en una sola tierra. Esta cena fue servida en 4 fuentes de plata, consistiendo
cada una de 25 platos, así que finalmente hubo un total de 100 platos de
dulces”.
¡Lugar curioso y distinto, como solo se dan en las
colonias, era este al que arribaron los perdidos súbditos de la Reina Christina! Totalmente
desconocido hasta el punto de que, de los suecos “muchos estaban tan ansiosos por probar todas las cosas que crecen
allí, que varios perdieron la vida por ello. En ese lugar crecen plantas que
son venenosas. Cuando se rompen los tallos de cierta clase de ellas, mana una
especie de leche blanca que es el veneno más poderoso y virulento que se pueda
encontrar”. El capitán sueco aprovechó para un buen negocio, vendiendo a su esclavo Jute por 9.600 libras de
azúcar, además de algunos cascos de melaza, para que trabajara para su nuevo
dueño entregándole “medio riksdaler
diario durante el resto de su vida. Lo podía obtener de la forma que quisiera,
bien por medio del trabajo a robando, cosa que a su dueño no le
importaba……pero no debía ser un chico
perezoso, ya que, si no entregaba a su dueño la citada cantidad de dinero, éste
lo pondría en el potro y le arrancaría la piel de la espalda” El trabajo
del esclavo se desarrollaba fundamentalmente en las plantaciones y en los
ingenios para prensar la “caña de azúcar
que allí crecen en las plantaciones como grano sembrado o plantado, muy cerca
unas de otras, como los juncos en Suecia”.
¿Qué extraña tierra era esa, de esclavos y sátrapas
gobernadores, de negros con sombrillas para proteger a los europeos del
ardiente sol, de fuentes de plata con 25 platillos de dulces de frutas y de
blanca leche venenosa manando de desconocidas plantas, a la que arribaron los
perdidos suecos? “El 26 de marzo levamos
anclas, zarpamos, saludamos y dimos las buenas noches a Gran Canaria, navegando desde ese lugar con un viento nordeste y
suroeste por el oeste hacia el Eastern Passage”.
Los suecos no lograron consolidar su colonia en
América a pesar de que el “experto en el
arte de las fortificaciones,” según lo califica el Royal College, que era Mr. Pär Märtensson
Lindheström, perfeccionó las defensas de Fort Christine y Fort Trinity. A los
17 años de establecida, en 1655 y siendo gobernador Mr. Johan Rijsingh, el
principal invitado del gobernador colonial de Gran Canaria, fue invadida por
sus vecinos de Nueva Holanda, que a su vez fueron presa en 1664 de los ingleses
y pasaron a formar parte de las Trece Colonias del imperio británico en América
del Norte hasta la
Declaración e Independencia yanqui de 1776. Gran Canaria,
Canarias toda, sigue como resto del imperio español, hoy de cartón piedra donde
el sol ya se pone, solo que una hora más tarde.
Gomera a 22 de julio de 2009
Francisco Javier González.
NOTA: La parte que corresponde a Canarias se puede
encontrar editada por José A. Delgado Luis en el Valle de Taoro -Orotava 1991-
en su muy estimable colección “a través
del tiempo”. Es una lástima que el Prof. de H.ª de
América de la Universidad
de Aguere, Manuel Hdez Glez, que proporcionó el texto no incluyera la
litografía que figura en la pág. 46 de la edición de Philadelphia de 1924 bajo
el título ”Shade as protection against
the sun” mostrando a los oficiales europeos protegidos del sol canario por
los esclavos negros y sus sombrillas.