LARGO
OSCURO ORIGEN, DE VÍCTOR RAMÍREZ
Faustino García Márquez
Compartir generación con Víctor Ramírez es compartir un montón de
recuerdos y vivencias, desde el colegio de los jesuitas hasta
Esa tremenda humanidad le ha permitido margullar
hasta lo más profundo del alma de este pueblo nuestro. Su sabiduría y su
capacidad nacen de la pertenencia apasionada y libre a una sociedad que le
indigna porque la quiere profunda y absolutamente, una sociedad a la que sacude
en sus artículos, a la que muestra descarnadamente en sus novelas y cuentos,
porque es suya hasta el tuétano.
1. Y éste es el primer elemento a destacar en este “Largo oscuro
origen”. Víctor vuelve a mostrar en esta novela que es nuestro escritor más
cercano, el que mejor se mueve en los bordes de la ciudad, en las laderas duras
y desnudas, pobladas por quienes añoraban un campo que nunca fue de ellos, pero
donde se quedaron para siempre sus recuerdos, su cultura, sus sueños, sus
muertos.
La novela transcurre en un tiempo indefinido, dice que en una época en
que todas las mentiras solían ser verdad y en que todas las verdades solían ser
pura mentira. O sea, en cualquier momento de nuestra historia. Y la novela
trata de una sociedad mezquina, dependiente, sojuzgada, que admira a los suyos
que saben hablar en peninsular cuando el poder, el oficio o la solemnidad de la
ocasión lo demandan. Una sociedad en la que todo es posible, en la que la mayor
crueldad se puede cometer con la mayor ternura, en la que los personajes se
mueven como fantasmas entre la normalidad y la irrealidad más natural, entre el
servilismo y el rechazo, el fatalismo y la voluntad. Una sociedad cuya pequeña
vida sin tiempo se ve alterada por la presencia de un extraño, el hermoso viril
Tunícico morituro fuereño,
el que sonreía en su idioma pero murió en nuestra lengua, el que sufrió pasión,
muerte, devoración y aparición porque a esa sociedad
desquiciada y brutal, desenraizada y desarraigada, le exaspera la anomalía, la
imposible inocencia, la peligrosa belleza.
Evidentemente, es una historia de aquí, con algunas referencias
lejanas al lugar, pero sin una gota de costumbrismo. Víctor no hace
concesiones, no intenta describirnos esta sociedad ni su realidad, sino que la
desnuda, la depura, la convierte en barro, para después amasarlo y darle una
nueva forma, para transformarlo en arte, en una hermosa, libre y desbordante
muestra de literatura universal escrita desde aquí.
2. Pero el valor de esta novela no está sólo en la manera de reelaborar
las vivencias de un grupo social, sino en la forma de contarlas. Y éste es el
segundo componente del libro que habría que subrayar. Los lectores no van a
poder leer la historia, tienen que escucharla a través de sus ojos, desde la
voz de un narrador plural que va cambiando de personalidad sin solución de
continuidad y que, como buen cuentista, se escapa a ratos por una divagación o
una historia lateral para volver de nuevo al hilo conductor. Un narrador que se
dirige siempre a un interlocutor anónimo, al oyente lector de la novela,
encarándose con él para llamarle alcahuete novelero, o que, como es habitual,
interrumpe su historia para pedir una silla, una ronda más de copas o para
mandar callar a algún otro oyente que le está distrayendo. Es una forma viva de
comunicar una historia viva, es una forma de escribir que marca el ritmo y la
narración como una sinfonía de un solo movimiento, que discurre desde el
principio al fin con una sabiduría y una potencia sorprendentes, sin perder la
tensión ni un solo minuto.
El narrador va construyendo paso a paso un pequeño escenario en el que
los personajes aparecen y se multiplican, alcanzando una complejidad y un
abigarramiento que asombra, porque no se estorban entre sí, sino que van
compartiendo y dibujando paulatinamente la historia, aportando cada uno una
nota, un acorde que ayuda a definir a los protagonistas y a completar el
relato.
3. El tercer elemento a recalcar, y no el menor, es la
maestría en el manejo del lenguaje que caracteriza a toda la obra de Víctor, y
que hace que parezca fluido y espontáneo un discurso perfectamente elaborado,
pero en el que esta vez introduce técnicas que no recuerdo, al menos tan
nítidas, en libros anteriores, como la alteración de tiempos verbales, la
repetición de los atributos definitorios de los personajes o los sonoros
encadenamientos de adjetivos que arrancan desde el mismo título de este largo
oscuro origen. El sabio uso del lenguaje le permite dibujar la atmósfera de un
lugar con solo aludir a los olores que escapan de un baúl al abrirse, o parar
el tiempo deleitado alrededor de una escena cotidiana y sencilla, sin
movimiento.
La forma de expresión, las palabras, los nombres, la distorsión de la
gramática son herramientas para marcar el ritmo y la melodía de la narración.
La recurrencia simultánea al pasado y al futuro de los tiempos verbales permite
al oyente situarse al mismo tiempo en el comienzo y en el final del suceso,
desde que alguien pensó hacer algo en un futuro hasta el momento en que, para
el narrador, ya es pasado.
El encadenamiento de las palabras remarca el ritmo y la fuerza de la
narración. Los adjetivos se acumulan sin conjunciones, para definir con mayor
precisión y fuerza el sonido, el carácter, el hecho. De igual forma, los
sonoros nombres y los acumulados atributos de los personajes que sirven de leit motiv que les identifican,
como al reverendo bendito Rubián Elizondo o al
samaritano converso judío dichoso Josefo Abad, que acompañan al Tunícico, al Mudo Ruipaz, a Fatimito del Carmen, al capitán Chirino Flores, al propio
fantasma de Federico Niche, a viejos conocidos de otras novelas como el tendero
Dominguito Santana o el marinero Perico Socorro y a los anónimos figurantes a
los que no se nombra por no cagarse la boca, porque da mala suerte nombrarlos
o, simplemente, porque no tienen nombre fijo.
Dice Víctor que los habitantes de sus cuentos y novelas se apoderan a
veces de él, que aparecen y deciden lo que quieren decir o hacer, poseyéndole
como el fantasma del Tunícico terminó poseyendo a la
pobre tía Gabriela, desparramada de felicidad. Es una verdad a medias, porque
Víctor, como Dios, crea a sus criaturas a su imagen y semejanza, con ese barro
arriscado que sabe moldear como nadie. Y como es un Dios apasionado, expansivo
y desbordante, nada tiene de particular que sus personajes le salgan ateos
militantes, que se le cuelguen de las barbas y le arrebaten la voz y el
ordenador, para construir ellos mismos su historia laica.
Pero ya va siendo hora de que yo me calle y de que Víctor nos hable, o
nos cuente, o nos cante esta dura y hermosa sinfonía que es “Largo oscuro
origen”. Léanla, disfrútenla sin prejuicios ni reservas, déjense rodear por sus
personajes, déjense arrastrar por su preciso lenguaje, déjense llevar de la
mano de los narradores minuciosos y distraídos que les conducen de historia en
historia, de mentira en mentira hasta el sorprendente acorde final, cuando
explota una verdad incrustada dentro de otra mentira, una mentira escondida
dentro de otra verdad, como nos sucede aquí y a nosotros cada día.