LA EMIGRACIÓN Y SU TRASCENDENCIA

EN LA HISTORIA DEL PUEBLO CANARIO (X)

 

Andrés  García  Montes

 

ACCIÓN DE LOS INMIGRANTES CANARIOS EN LA DEPRESIÓN DE QUIBOR

Para mediados de la década de los ochenta del pasado Siglo XX, una llamada telefónica me puso en comunicación con el catedrático de la Facultad de Historia de la Universidad Central de Venezuela (UCV) Manuel Rodríguez Campos, quien para la época efectuaba una investigación sobre la labor de los canarios en el Valle de Quibor, Estado Lara.

El dueño del Hotel donde se hospedaba un canario, me conocía y nos puso en comunicación. Tuvimos largas y fructíferas conversaciones, le puse en comunicación con numerosos canarios, le acompañé en varias entrevistas, y el Prof. Rodríguez Campos me mostró su agradecimiento por tal ayuda.

Tiempo después tuvo la amabilidad de enviarnos el trabajo que, de inmediato, doy a conocer a mis amables lectores. Con cuyo aporte finalizo esta serie de diez (10) entregas con las cuales he pretendido hacer un pequeño aporte a la extraordinaria labor que los centenares de miles de anónimos hijos del pueblo canario han cumplido en más de 600 años de emigración constante, y que la interesada cultura impuesta, en su nefasta labor de exclusión y racismo, trata de enterrar en el profundo sepulcro del silencio y la ignorancia y que los que sentimos y amamos a nuestra Patria Canaria, estamos en el deber y la obligación de rescatar, como parte integrante de nuestra historia.

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Sobre la tierra asoleada, nada de agua. Esparcidos en ella, pocos hombres. Los dones de la naturaleza, escasos. En un país como Venezuela, conocido por su vegetación y fauna exuberante, la depresión de Quibor era un patético desmentido a esta generalización. Inmediata a dos comarcas fértiles y pujantes, la prosperidad de éstas cerraba el círculo de su destino, condenada al estancamiento perpetuo. Transcurrieron años y siglos y siempre fue así.

A mediados de la década de 1950 se residenció allí un inmigrante canario forjador de sueños y al realizar algunos de ellos desencadenó una serie de actividades que cambiaron totalmente la imagen anterior. Se empeñó en conseguir agua del subsuelo y lo logró; se empeñó en acabar con la esterilidad de la tierra y también lo consiguió; todo esto con la intención de cultivar comercialmente dos y tres frutos; y obtuvo una alta productividad.

La proeza de este hombre abrió nuevos horizontes a la depresión de Quibor y a la Ciudad de ese nombre; se llenó el campo de parcelas irrigadas y abonadas por multitud de agricultores que siguieron su ejemplo y copiaron los procedimientos ideados por él, mejorándolos en algunos casos. Afluyeron muchos hombres, venezolanos y canarios. Estos últimos formaron un numeroso grupo que contribuyó en gran medida a fundar las bases de los cambios experimentados por la región, al punto de que cuando se piensa en su prosperidad actual, la colonia canaria es asociada de manera indisoluble a todos los pasos del proceso cumplido.

Sobre una Tierra Yerma

Las aspiraciones a una vida mejor eran segadas por la realidad. Quien pretendiese mayor gracia tenía que buscarla en otra parte, porque allí no había ninguna. Casi un desierto, Quibor sólo ofrecía recursos a sus hijos para administrar la pobreza. El fatalismo señalaba la emigración interna como el único medio para superar el cerco de la miseria. Sin embargo, las extensas tierras sobre las cuales se asentaba eran un potencial ignorado de riquezas a la espera de un visionario que la descubriese. Ese fue el inmigrante canario José Rodríguez León, iniciador de felices experiencias que desde 1960 han elevado la zona a un lugar privilegiado en la producción agroalimentaria nacional.

El Paisaje Natural

Es conocido por la generalidad de los venezolanos como el Valle de Quibor y por este topónimo se le denomina en crónicas antiguas y recientes, en mapas y hasta textos de geografía contemporáneos, aunque según los especialistas, su geomorfología es la de una depresión. Se trata de unos suelos planos de aproximadamente 43.000 hectáreas, bordeados de un amplio semicírculo de montañas, donde se afirma que existió un lago.

Las elevaciones circundantes sufrieron un milenario proceso de erosión que las deterioró gravemente. A consecuencia de éstos, muestran su estructura rocosa, después de haber cedido a los pisos más bajos lo que alguna vez fue la capa vegetal que se inclinaba hacia ellos. Sobre la tierra depositada en el antiguo lecho continuó la acumulación de materias más pobres, trasladadas por el viento y las aguas de lluvia; de esta manera la depresión quedó cubierta por un manto de mezquina fertilidad, a causa de lo cual durante siglos se la tuvo en muy baja estima.

Aquellos son recordados como unos parajes áridos, desnudos en algunas partes y cubiertos en otras por vegetación de la familia de las xerófilas; donde las lluvias no son tan frecuentes y cuando caen, el agua es inmediatamente absorbida por la gran sed de la tierra, o evaporada por la acción de los rayos solares combinados con temperaturas diurnas superiores a los treinta grados centígrados.

Allí no había alicientes para la acción cultivadora del hombre, debido principalmente a tres razones poderosas. Una, la carencia de agua para regar los sembradíos; otra, la existencia contigua del Valle de El Tocuyo, extenso, fértil y abundantemente provisto de aquel recurso por el río del mismo nombre; y para mayor desaliento, la escasa cantidad de población distaba mucho de estimular esfuerzos productivos de alguna magnitud.

Eran tierras infértiles, calurosas y sin posibilidades aparentes. Por eso su paisaje se mantuvo tal y como era conocido desde siempre, con una espectral imagen semidesértica compuesta por cardones, tunas y cujíes, por algunas otras plantas silvestres que apenas se levantaban  pocos centímetros del suelo y una fauna escasa, pues los animales preferían un hábitat más acogedor para vivir y reproducirse.

La Huella del Hombre

Los primeros asentamientos humanos enclavados en la depresión de Quibor son de origen prehispánico, según lo atestiguan excavaciones arqueológicas realizadas en lo que hoy es el centro urbano del cual esa formación toma su nombre. Después del descubrimiento, los españoles recién posesionados de la franja costera situada unos doscientos kilómetros al norte pasaron por la región en plan exploratorio y al trasponer las montañas fundaron la primera ciudad venezolana que tierra adentro ofrece evidencias de su afán conquistador (El Tocuyo, en 1545). Sobre la huella aborigen se producirá desde entonces un tránsito de horizontes más amplios, que girará en los límites mínimos del eje constituido por las ciudades de Coro (1527), Barquisimeto (1552) y El Tocuyo. Emplazada en esa ruta, pronto Quibor alcanzará entidad de lugar poblado por conquistadores y sus tierras comenzarán a producir algunos alimentos para contribuir al magro sustento sobre cuya base habrá de transcurrir la vida colonial.

La mayor parte de los productos vegetales consumidos por la población eran obtenidos en algunos retazos del pie de monte cercano y de la serranía donde la erosión no había causado mayores daños. Escasas porciones de la depresión fueron utilizadas para plantar reducidos cultivos de fruto menores, mientras toda su extensión sirvió para criar ganado cabrío. Como única posibilidad de aprovechamiento económico más allá de la subsistencia simple, la ciudad fue mercado y centro manufacturero de cueros de chivos.

Advino el período republicano y la vida, antes que mejorar, empeoró porque a menudo los trámites civiles y mercantiles fueron preferidos por acciones militares -guerra de emancipación, guerras civiles, asonadas caudillescas- que arrasaban los recursos humanos y materiales por donde pasaban. A principios del presente siglo comenzó una época de relativo sosiego; pero el bienestar económico fue esquivo a la región, debido a la cercanía de dos polos de crecimiento acelerado, representados por Barquisimeto y El Tocuyo (cada uno distante menos de treinta kilómetros en direcciones opuestas). Cercado por sus dos salidas de comunicación e intercambio, Quibor se iba quedando notablemente rezagado en la geografía económica nacional.

No se veían signos de progreso cuando apareció en escena el canario José Rodríguez León. Este hombre llegó al país como inmigrante en 1944 y había recorrido varias regiones ejerciendo distintos oficios, uno de los cuales lo llevó a conocer el Valle de El Tocuyo, donde algunos paisanos suyos cultivaban tomates en cantidades comerciables. En 1948 se instaló allí como arrendatario de tierras y se dedicó a producir esta hortaliza. Debido a que por esos lares no se conseguían abonos químicos, se vio precisado a recorrer la depresión de Quibor, como lo hacían otros agricultores, para recoger los excrementos de las manadas de cabríos a fin de aplicarlos al abonado de sus siembras. Ocupado en sus labores de recolector observó que en reducidos espacios  el verdor de las plantas superaba en intensidad al de otras cercanas, aunque la tierra nutricia tenía la misma apariencia. Su sentido práctico y tal vez una intuición providencial le sugirieron la existencia de agua a escasa profundidad allí donde se producía aquel fenómeno. Exploró diversos parajes hasta encontrar los vestigios de un surco que le pareció sería el lecho de un río desaparecido, cuyas aguas podrían localizarse en el subsuelo. Gestionó la compra de dos hectáreas y media en el lugar que consideró más apropiado, de las cuales su dueño se sintió feliz al desprenderse, pues la consideraba sin ningún valor y había topado con un ingenuo que pagara un buen precio por ellas.

Nuestro hombre sabía que la tierra de la superficie era extremadamente pobre; pero consideraba segura la obtención de agua, en una región donde el régimen de las lluvias, más moderado que en el resto del país, le permitiría recoger dos cosechas por año en vez de una, como era lo habitual en otras partes donde había sembrado.

Comenzó a perforar con procedimientos rudimentarios, por carecer de recursos financieros para utilizar la tecnología disponible en la región. El trabajo le llevó dos años; comportó exigencias rudas para su capacidad física y lo sometió a pruebas de un carácter tal, que podían abatir la voluntad de cualquier hombre. Este no flaqueó y al fin, en 1955, su esfuerzo se vio coronado por el éxito, a quince metros de profundidad dio con un surtidor que le proporcionó abundante cantidad de agua, suficiente para regar un área, varias superior a la suya.

Este chorro deparó un frescor de esperanza a su buscador; pero por sí solo apenas alteraría el marasmo de la depresión, pues la tierra seguía siendo infértil y en esas condiciones de nada valdría toda la capacidad de riego lograda.

Surge un Prodigio Agrícola

Descubrir agua en la región era un gran paso; el siguiente -y definitivo- sería encontrar la forma de convertir en productivos los suelos. También de eso se encargó José Rodríguez, con mayor tenacidad que antes, porque se sentía cercano a redondear una obra importante; y lo hizo. Tras las noticias de sus exitosas experiencias se produjo la invasión del campo y el crecimiento acelerado de la ciudad. Un numeroso grupo de canarios, en concurso con labradores venezolanos, agregó cifras a la producción agrícola de la depresión hasta hacer de ella el oferente principal del consumo nacional en los frutos que allí se cultivan.

El desarrollo de este emporio fue obra nacida al margen de la intervención gubernamental. Por falta de ella ha tropezado con algunas dificultades, incluso de origen oficial, afortunadamente ya resueltas o en vías de solución.

La Constancia Premiada

Animado por la nueva perspectiva, José Rodríguez adquirió más tierras y dedicó pequeños lotes a ensayar los modos de conseguir su mejor aprovechamiento. Trataba  de descubrir las condiciones adecuadas para obtener buenas cosechas de tomates a mayor escala, aplicables a toda la extensión de la cual se había convertido en propietario.

Hay quienes empíricamente han llegado a afirmar que en la depresión existía una capa de tierra fértil oculta bajo los últimos sedimentos depositados por el proceso de erosión. Rodríguez cuenta que sus siembras iniciales germinaban gracias al riego que les daba; pero al comenzar a crecer se marchitaban, porque aquella capa sencillamente, no existía. Su segundo logro, entonces, debió ser la fertilización artificial de los labrantíos. Simultáneamente descubrió que la permeabilidad y consistencia de la tierra no eran homogéneas, por lo tanto, la evaporación y la fuga del agua hacia el subsuelo no se producían de manera uniforme, como, por lo mismo, no era pareja la retención de los fertilizantes por los suelos. Estos nuevos tropiezos le hicieron perder tiempo mientras encontraba las soluciones adecuadas y establecía los patrones correspondientes.

Después de varias experiencias poco estimulantes y las consiguientes vueltas a emprender; de agotar sus fondos sin posibilidades de auxilio; de obtener productos escasos, aunque ascendentes; de oír consejos y opiniones disuasivas de familiares y amigos; de ser calificado de contumaz, en 1960 nuestro insistente amigo logró su objetivo último, al recoger una cosecha de tomates cuyo rendimiento estimó en más de cien mil kilogramos por hectárea.

Este sería el punto de partida para que ocurrieran transformaciones radicales en la depresión de Quibor y la ciudad de mismo nombre. Al hacerse posible la agricultura en una extensión tan grande como aquella y con la alta productividad señalada, esto atrajo una apreciable cantidad de labradores (nativos y extraños, estos últimos exclusivamente canarios) que al instalarse en las nuevas tierras desplegaron una febril actividad agrícola y urbana de considerables proporciones.

Felizmente para la región, las tierras quiboreñas se abrieron a la agricultura cuando en las del Valle de El Tocuyo comenzaba a producirse un cambio de uso debido a la ampliación de la industria azucarera instalada allí desde tiempos coloniales. Los productores de hortalizas y otros cultivos tuvieron que ceder ante el empuje de las nuevas inversiones y buscar otros rumbos; éstos se le ofrecían a escasa distancia, donde podrían trabajar sin problemas aparentes.

Si antes los labradores expulsados de El Tocuyo eran marginales frente a las extensiones dedicadas a las siembras de caña de azúcar en constante aumento, ahora serían avanzada de un proceso extraordinario sin la competencia del territorio vecino. Solo estarían sujetos a las limitaciones impuestas por el mercado que debían abastecer; y éste crecía anualmente a grandes trancos, gracias a que en Venezuela se venían produciendo cambios en la cultura alimentaria, hacia un mayor consumo de vegetales en la dieta diaria de la población nativa. Los canarios -sembradores y comercializadores de esos productos- fueron importantes propugnadores de tales cambios.

Otro factor muy destacado que favoreció en gran medida el desarrollo del potencial productivo recién descubierto fue la situación geográfica de la depresión, en el centro-occidente del país y conectada por excelentes vías carreteras a los centros urbanos más poblados del territorio nacional, esto es, la franja norte-costera y la depresión del Lago de Maracaibo, con una cobertura que abarca más del setenta por ciento de la población venezolana, la de mayor poder adquisitivo y con toda seguridad la de la mesa más variada.

Los alicientes fueron poderosos para personas emprendedoras y la reacción no se hizo esperar. En una primera oleada se alternaría el arribo de canarios procedentes de El Tocuyo y otros puntos del territorio nacional con nativos propietarios de tierras para seguir los pasos de José Rodríguez; luego vendrían otros criollos y más canarios procedentes del Archipiélago, llamados por familiares para que trabajaran con ellos. Hasta más de tres mil isleños llegarían a estar dedicados al laboreo agrícola en la primera década.

Los proyectos del pionero no se limitaban al cultivo del tomate; desde un primer momento pensaba en ampliar sus ensayos a cebollas, pimentones, maíz, frijoles, melones. Así lo hizo y gracias a sus iniciativas y a la intensa actividad desplegada por quienes lo secundaron, serían suficientes pocos años -los de la década del sesenta- para que la depresión de Quibor tomara el liderazgo nacional en la producción de algunos de aquellos rubros (en primer lugar los tomates; luego cebollas y pimentones). Se recogía cerca del sesenta por ciento de los tomates y el setenta por ciento de las cebollas para proveer el mercado venezolano. El peso de esta producción en el total nacional permitió y aún permite a los agricultores organizados en el mercado al por mayor de Barquisimeto, fijar el precio de venta de aquellos artículos a escala del país entero. Durante ese tiempo el área apta para las siembras sumó cerca de ocho mil hectáreas, de las cuales una porción de aproximadamente tres mil se mantenía improductiva por las necesidades de rotación de cultivos y problemas de irrigación.

Quibor se animó rápidamente. Las actividades agrícolas determinaron demandas inmediatas de instrumental de trabajo, abonos químicos, comestibles, bebidas, vestidos, etc, para cuya satisfacción surgieron los establecimientos comerciales correspondientes; al poco tiempo, empresas vendedoras de maquinaria agrícola encontraron atractiva la apertura de locales para ofrecer sus equipos; tras las maquinarias se instalaron talleres de reparación y más tarde otros servicios. El auge agrícola y mercantil hizo crecer notablemente el empleo, aumentó la masa monetaria circulante y el negocio del crédito bancario, tanto, que la banca se extendió a este nuevo emporio para captar las cuentas de muchos clientes. Quibor creció de manera acelerada y de una población ligeramente superior a cinco mil habitantes pasó a albergar más de cuarenta mil.

Pero el movimiento no se quedó en esa fase, de por sí excepcional. En las tierras altas de entremontañas menos afectadas por la erosión e intocadas por ella, algunos canarios probaron a cultivar papas, con un resultado tan gratificante que ahora allí se producen cantidades significativas de este tubérculo, también determinantes en la fijación del precio nacional. Las poblaciones de Sanare y Cubiro, cercanas a Quibor, agregaron así unas cuatro mil hectáreas al proceso aquí narrado.

Posteriormente se introdujo el cultivo de la vid en amplias extensiones, tanto en la depresión como en las tierras secas que se extienden entre Quibor y El Tocuyo, sumando con esto un nuevo elemento productor de riquezas que dentro de poco dará lugar a las instalación de una industria vinícola. Son sometidos a prueba otros cultivos de productos tropicales con resultados prometedores, que probablemente a corto plazo estarán convertidos en plantaciones de carácter comercial.

Interés Gubernamental

Los canarios que contribuyeron al desarrollo de la depresión de Quibor no recibieron ninguna atención de los gobiernos de turno cuando llegaron a Venezuela. Como no fuera para permitirles el ingreso. Unos varían en condiciones de inmigrantes libres, por su cuenta o a expensas de algún familiar; otros salieron de Islas Canarias en la corriente de la emigración clandestina, de triste recordación. Ambas condiciones dispensaban a las dependencias nacionales especializadas de prestarles atención; así el país ganaba fuerza de trabajo y no gastaba nada en adquirirla, aunque no pudiese dirigirla ni medir su utilidad social.

La participación que tuvieron en el proceso de Quibor tampoco contó con ayuda oficial. Exploraban tierras consideradas inútiles que no entraban en ningún plan gubernamental y, hasta quedar fehacientemente demostrada su capacidad, cualquier inversión hecha allí podría considerarse dinero colocado a fondo perdido, las primeras sumas empleadas para construir este granero nacional fueron ahorros de los labradores; los “riesgos” corridos posteriormente por la banca tenían el respaldo de activos saneados, ofrecidos por los agricultores en garantía de los préstamos crediticios la parte difícil del proceso estaba concluida.

Los gobiernos no ignoraron el fenómeno; pero no tuvieron nada que ver con su génesis. Cuando éste se hizo tan notorio que al fin las organizaciones estatales se ocuparon de la depresión, fue para presentar dos proyectos, uno positivo aunque todavía inconcluso y otro francamente oportunista y negativo.

El primero tuvo una gestación lenta, impuesta por su naturaleza y los estudios de viabilidad necesarios. Consiste en un complejo hidráulico para represar las aguas del Río Yacambú, que corre al otro lado de las montañas circundantes de la depresión, formar un gran lago artificial y perforar un túnel de trasvase para llevar agua potable a Barquisimeto e irrigar las tierras recién puestas en condiciones de aprovechamiento. La construcción comenzó en 1974 y según estimaciones de ingeniero conocedores del proyecto, a 1989 sólo se ha ejecutado el cuarenta por ciento del túnel y el cincuenta por ciento de la represa. El proyecto no ha avanzado al ritmo necesario, debido a errores técnicos de construcción, desidia de altos funcionarios y rivalidades políticas: y ocurre asimismo que por estas dos últimas causas no se presta el mantenimiento adecuado a las partes construidas hasta la fecha. Esta omisión las ha deteriorado y a resultas de ello, cada vez que reemprenden los trabajos es menester recomenzar en etapas que eran consideradas avances definitivos. La estimación del tiempo total para terminar la obra fue de diez años y después de quince de haberse iniciado. Su construcción no ha avanzado ni siquiera hasta la mitad.

El segundo proyecto, anunciado en 1975, se proponía realizar un proceso legal mediante el cual serían expropiadas las tierras de la depresión para distribuirlas a los campesinos en cumplimiento de los planes de Reforma Agraria. Este anuncio desalentó a los cultivadores establecidos; muchos de ellos redujeron las siembras; otros liquidaron sus intereses y se marcharon. En consecuencia, se produjo la disminución de la oferta frente a una demanda que presionaba y llegaron a escasear los frutos; en algunos casos el comportamiento del mercado elevó los precios hasta duplicarlos. El propio presidente del Instituto Agrario Nacional tuvo que asistir a una Asamblea de productores, donde se comprometió a observar una moratoria del proyecto por diez años. Han transcurrido catorce de aquel compromiso y no se ha vuelto a hablar del asunto, que parece abandonado por el gobierno. Pero el daño causado a la economía de la región no se repuso, porque los cultivadores que se fueron (casi todos canarios) lo hicieron en condiciones superiores a los de su llegada, las que les permitieron instalarse en otros sitios donde trabajar sin el peso de semejante amenaza sobre su futuro.

Por otro lado, el nivel freático de la depresión bajó considerablemente como resultado de la diferencia acumulada entre la extracción y la absorción de agua. Antes de concluir la década de 1970 el Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables dictó medidas conservacionistas que molestaron a los cultivadores, quienes replicaron con el argumento de que pronto la represa de Yacambú (si era terminada a tiempo) proporcionaría tal cantidad de agua, que no era necesario el celo puesto en la preservación de los depósitos del subsuelo. Ante la insistencia del Ministerio, los labradores respondieron reduciendo un tanto la producción, como tentando la derogatoria de las normas impuestas para conservar el recurso.

Evolución del Fenómeno

La gran fuente de riquezas agrícolas de Quibor ya está creada. En virtud de su importancia cuantitativa, de la ubicación estratégica que ocupa en el país y de la magnitud de las inversiones que la llevaron  al estado actual, es improbable que desaparezca; ni siquiera es previsible una caída de la producción por debajo de los niveles de 1988. Esto se puede afirmar en vista de los incrementos constantes de la demanda nacional y el aumento experimentado por la rentabilidad de los cultivos, dos estímulos suficientes para servir de contrapeso a las dificultades resultantes de la acción gubernamental.

Los productores han tendido a tranquilizarse al constatar que, salvo sobresaltos ocasionales, las amenazas se quedaron en eso; esperan además que la dinámica de las necesidades agroalimentarias del país fuerce a terminar la represa de Yacambú en un plazo razonable. No ha desaparecido la actitud de alerta; pero la vida cotidiana parece haber retornado a la normalidad y las tierras de Quibor. Sanare y Cubiro, contribuyen con abundantes cargas diarias de sus frutos a mantener animado el mercado al por mayor de Barquisimeto. Hasta se evidencia un ritmo creciente en las últimas cosechas, que si no han revertido la tendencia depresiva deben estar a punto de hacerlo.

No es preciso indagar mucho para llegar a la conclusión de que los estados de ánimo operados en los productores de Quibor y sus alrededores fueron causados por intervenciones poco afortunadas de los gobiernos nacionales desde 1973. Estos pusieron de manifiesto políticas contradictorias, capaces de provocar reacciones pesimistas o de inducir a gratas expectativas. Durante los últimos años se ha visto mejorar esa conducta con anuncios de acciones y proyectos que, aunque carentes de firmeza en su acometimiento, apuntan hacia una rectificación de rumbos.

Recientemente el Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables suavizó las disposiciones conservacionistas dictadas para preservar los acuíferos del subsuelo y proteger la zona de las depredaciones causadas por la actividad agrícola, que deterioraba unos terrenos en beneficio de otros. No renunció al cumplimiento de sus obligaciones de vigilancia y control; pero ha optado por una política de entendimiento y de experiencias didácticas provechosas. En esto ha sido positiva la intervención de un organismo regional creado por el mismo gobierno central, la Fundación para el Desarrollo de la Región Centro-Occidental (FUDECO).

Una medida de gran alcance fue tomada en agosto de 1982, según se cree, dirigida a bloquear las aspiraciones del sector manufacturero de Barquisimeto, cuyos dirigentes pretendían convertir la depresión de Quibor en zona de ampliación industrial de aquella urbe y apoderarse de las aguas de Yacambú. Un Decreto del Presidente de la República en Consejo de Ministros declaró zona de aprovechamiento agrícola el área delimitada por una poligonal cuyo vértices encierran las 43.395 hectáreas de la formación, con prohibición expresa de …“cualquier uso distinto a los previstos en el plan de manejo (…) y en especial aquellos que sean incompatibles con la calificación agrícola de los suelos”. Al desvanecerse los planes de los industriales de Barquisimeto, los productores han recobrado la confianza de que podrán seguir trabajando tranquilamente.

Con respecto a la represa, si nos atenemos a las noticias de prensa, el panorama no termina de aclararse, en razón de que a breves intervalos se leen informaciones contradictorias. Hace pocos días un periódico de Caracas reprodujo una protesta del Sindicato de la Construcción del Estado Lara, por el despido de la mayoría de los trabajadores contratados para esa obra (de 166 habían sido cesanteados 143) luego recogió la declaración el Ministro de Planificación, según la cual en fecha próxima se dispondrá de diez mil millones de bolívares para culminar los trabajos en 1993,…”incluida la represa, el túnel de trasvase, el suministro de agua potable a Barquisimeto y todo el sistema de riego para el Valle (sic) de Quibor”. Aparentemente se trata de un compromiso formal del gobierno pero otros han sido incumplidos y la gente de Quíbor no ha superado del todo la desconfianza en promesa de este tipo.

Con todo, a juicio de quienes ven el fenómeno como simples observadores, la actividad de la que nació está consolidada  sin riesgos de regresión; la dificultad más aguda que pueda sufrir será causada por el descenso del nivel freático. Opinan que Venezuela no está en condiciones de renunciar a la producción que Quibor, Sanare y Cubiro aportan al consumo nacional y antes de dejarla decaer por falta de agua, la administración nacional hará cualquier sacrificio fiscal para terminar la represa.

La Presencia Canaria en el Momento Actual

Desde el momento de mayor concentración hasta la fecha, el número de canarios en Quibor se redujo de más de tres mil a poco menos de mil ochocientos. Muchos de los que están allí actualmente son considerados miembros de la colonia canaria  porque realizan actividades económicas en la depresión o en la ciudad; pero ya no habitan en ella sino en Barquisimeto, a donde se trasladaron porque con los capitales  acumulados  en el trabajo de la tierra hicieron en esta ciudad nuevas  inversiones que deben cuidar más de cerca, o porque encontraron facilidades para una existencia más placentera: urbanizaciones bien diseñadas y confortables, dotadas de servicios satisfactorios; relaciones sociales que no se cultivan en Quibor, amen de oportunidades educativas de mayor calidad y amplitud para sus hijos. Otros forman parte de la colonia, sólo en tanto que naturales de Islas Canarias, porque en gran número han adoptado la ciudadanía venezolana.

A pesar de la disminución del colectivo, de las mudanzas, de las nacionalizaciones (aunque esto último no tiene mayor consideración al juzgarlos), parece como si la colonia canaria en Quibor fuese más notable ahora que antes. Esto se debe a varias causas, algunas de las cuales merecen ser examinadas.

Estos hombres, cuando comenzaron a hacer productivas las tierras, las dedicaban tanto tiempo que no se separaban de ellas sino brevemente, para ir a la ciudad a comprar las cosas más necesarias; por otro lado, los años iniciales fueron de asombro y confusión para los habitantes de Quibor, con los responsables del “milagro” ausentes, dedicados a mejorar las siembras y acumular ganancias para explotar la tierra en forma más provechosa. Sedimentados los efectos de aquella transformación, estabilizados en sus quehaceres y con mayor seguridad personal, los isleños tendieron a asimilarse socialmente. Del período de contemplación de su obra pasaron a compartir la celebración de cuanto ella representaba; y, tomada conciencia del papel que estaban desempeñando, aumentaron su proximidad a los habitantes de la ciudad. Incluso por la vía del matrimonio se han integrado a familias de todos los niveles económicos y sociales.

La presencia canaria y la persistencia del fenómeno agrícola pusieron de relieve que éste no era pasajero. La reflexión de los quiboreños fue procesando esta idea y hoy reconocen el mérito de los canarios; hacen públicos testimonios del aprecio que les inspiran como personas y por la prosperidad que trajeron a la región. Adicionalmente, estos inmigrantes han incursionado en otras actividades, en las cuales ocupan posiciones de punta como dueños del mejor hotel, los mejores restaurantes, el mayor supermercado, buenos talleres mecánicos, establecimientos distribuidores de semilleros para la siembra, etc. están hoy en muchos sitios donde antes no estaban y son señalados como modelos de espíritu emprendedor, responsabilidad, solidaridad y eficiencia.

Los que se quedaron (entre ellos José Rodríguez) se han multiplicado en los hijos. Algunos siguen los pasos del padre, otros buscarán horizontes distintos; pero de diversos modos son una ampliación de la colonia y tanto cuantitativa como cualitativamente sustituyen a quienes se marcharon.

Una consideración final. Esta colonia tiende a desaparecer por envejecimiento, más que por dispersión. Acerca de lo segundo ya quedó dicho algo; en cuanto a lo primero, debemos considerar que el último inmigrante canario avecindado en esta ciudad llegó al país en 1969, cuando contaba treinta y dos años de edad. Hay unos pocos más jóvenes, que llegaron recién nacidos, pero también envejecen. El cuadro general es éste:

Canarios residentes en Quíbor

Frecuencia por Edades a Fines de 1989

Años de Edad

Porcentajes

30 - 39

8,9

40 – 49

24,4

50 – 59

31,5

60 – 69

23,1

70 - 79

10,1

80 - 89

2,0

 

El problema no se objetiva, simplemente, porque Venezuela haya cerrado sus puertas a la inmigración, como efectivamente lo ha hecho. No se trata de traer nuevos hombres para relevar a los viejos, pues la colonia se integra sobre la base de unos bienes de propiedad privada cuyos titulares conservarán, venderán a quienes se les antoje o transferirán a sus descendientes venezolanos en aplicación del derecho sucesoral. Por eso, no hay lugar para el relevo y en consecuencia, indefectiblemente desaparecerá como conglomerado canario. Primero perderá su identidad con la tercera generación, cuyos retoños ya están creciendo y luego se extinguirá. Pero algo es tan seguro como lo anterior: su obra perdurará, gracias al impacto que ha causado. Ya la crónica ha recogido la parte medular de los sucesos protagonizados por estos hombres y quedan abundantes evidencias para el trabajo historiográfico futuro.