EN
Andrés
García Montes
ACCIÓN
DE LOS INMIGRANTES CANARIOS EN
Para mediados de la década de
los ochenta del pasado Siglo XX, una llamada
telefónica me puso en comunicación con el catedrático de
El dueño del Hotel donde se
hospedaba un canario, me conocía y nos puso en comunicación. Tuvimos largas y
fructíferas conversaciones, le puse en comunicación con numerosos canarios, le
acompañé en varias entrevistas, y el Prof. Rodríguez Campos me mostró su
agradecimiento por tal ayuda.
Tiempo después tuvo la
amabilidad de enviarnos el trabajo que, de inmediato, doy a conocer a mis
amables lectores. Con cuyo aporte finalizo esta serie de diez (10) entregas con
las cuales he pretendido hacer un pequeño aporte a la extraordinaria labor que
los centenares de miles de anónimos hijos del pueblo canario han cumplido en
más de 600 años de emigración constante, y que la interesada cultura impuesta,
en su nefasta labor de exclusión y racismo, trata de enterrar en el profundo
sepulcro del silencio y la ignorancia y que los que sentimos y amamos a nuestra
Patria Canaria, estamos en el deber y la obligación de rescatar, como parte
integrante de nuestra historia.
*******
Sobre la tierra asoleada, nada
de agua. Esparcidos en ella, pocos hombres. Los dones de la naturaleza,
escasos. En un país como Venezuela, conocido por su vegetación y fauna
exuberante, la depresión de Quibor era un patético desmentido a esta
generalización. Inmediata a dos comarcas fértiles y pujantes, la prosperidad de
éstas cerraba el círculo de su destino, condenada al estancamiento perpetuo.
Transcurrieron años y siglos y siempre fue así.
A mediados de la década de
1950 se residenció allí un inmigrante canario forjador de sueños y al realizar
algunos de ellos desencadenó una serie de actividades que cambiaron totalmente
la imagen anterior. Se empeñó en conseguir agua del subsuelo y lo logró; se
empeñó en acabar con la esterilidad de la tierra y también lo consiguió; todo
esto con la intención de cultivar comercialmente dos y tres frutos; y obtuvo
una alta productividad.
La proeza de este hombre abrió
nuevos horizontes a la depresión de Quibor y a
Sobre
una Tierra Yerma
Las aspiraciones a una vida
mejor eran segadas por la realidad. Quien pretendiese mayor gracia tenía que
buscarla en otra parte, porque allí no había ninguna. Casi un desierto, Quibor
sólo ofrecía recursos a sus hijos para administrar la pobreza. El fatalismo
señalaba la emigración interna como el único medio para superar el cerco de la
miseria. Sin embargo, las extensas tierras sobre las cuales se asentaba eran un
potencial ignorado de riquezas a la espera de un visionario que la descubriese.
Ese fue el inmigrante canario José Rodríguez León, iniciador de felices
experiencias que desde 1960 han elevado la zona a un lugar privilegiado en la
producción agroalimentaria nacional.
El
Paisaje Natural
Es conocido por la generalidad
de los venezolanos como el Valle de Quibor y por este topónimo se le denomina
en crónicas antiguas y recientes, en mapas y hasta textos de geografía
contemporáneos, aunque según los especialistas, su geomorfología es la de una
depresión. Se trata de unos suelos planos de aproximadamente
Las elevaciones circundantes
sufrieron un milenario proceso de erosión que las deterioró gravemente. A
consecuencia de éstos, muestran su estructura rocosa, después de haber cedido a
los pisos más bajos lo que alguna vez fue la capa vegetal que se inclinaba
hacia ellos. Sobre la tierra depositada en el antiguo lecho continuó la
acumulación de materias más pobres, trasladadas por el viento y las aguas de
lluvia; de esta manera la depresión quedó cubierta por un manto de mezquina
fertilidad, a causa de lo cual durante siglos se la tuvo en muy baja estima.
Aquellos son recordados como
unos parajes áridos, desnudos en algunas partes y cubiertos en otras por
vegetación de la familia de las xerófilas; donde las lluvias no son tan
frecuentes y cuando caen, el agua es inmediatamente absorbida por la gran sed
de la tierra, o evaporada por la acción de los rayos solares combinados con
temperaturas diurnas superiores a los treinta grados centígrados.
Allí no había alicientes para
la acción cultivadora del hombre, debido principalmente a tres razones poderosas.
Una, la carencia de agua para regar los sembradíos; otra, la existencia
contigua del Valle de El Tocuyo, extenso, fértil y abundantemente provisto de
aquel recurso por el río del mismo nombre; y para mayor desaliento, la escasa
cantidad de población distaba mucho de estimular esfuerzos productivos de
alguna magnitud.
Eran tierras infértiles,
calurosas y sin posibilidades aparentes. Por eso su paisaje se mantuvo tal y
como era conocido desde siempre, con una espectral imagen semidesértica
compuesta por cardones, tunas y cujíes, por algunas otras plantas silvestres
que apenas se levantaban pocos
centímetros del suelo y una fauna escasa, pues los animales preferían un
hábitat más acogedor para vivir y reproducirse.
Los primeros asentamientos
humanos enclavados en la depresión de Quibor son de origen prehispánico, según
lo atestiguan excavaciones arqueológicas realizadas en lo que hoy es el centro
urbano del cual esa formación toma su nombre. Después del descubrimiento, los
españoles recién posesionados de la franja costera situada unos doscientos
kilómetros al norte pasaron por la región en plan exploratorio y al trasponer
las montañas fundaron la primera ciudad venezolana que tierra adentro ofrece
evidencias de su afán conquistador (El Tocuyo, en 1545). Sobre la huella
aborigen se producirá desde entonces un tránsito de horizontes más amplios, que
girará en los límites mínimos del eje constituido por las ciudades de Coro
(1527), Barquisimeto (1552) y El Tocuyo. Emplazada en esa ruta, pronto Quibor
alcanzará entidad de lugar poblado por conquistadores y sus tierras comenzarán
a producir algunos alimentos para contribuir al magro sustento sobre cuya base
habrá de transcurrir la vida colonial.
La mayor parte de los
productos vegetales consumidos por la población eran obtenidos en algunos
retazos del pie de monte cercano y de la serranía donde la erosión no había
causado mayores daños. Escasas porciones de la depresión fueron utilizadas para
plantar reducidos cultivos de fruto menores, mientras toda su extensión sirvió
para criar ganado cabrío. Como única posibilidad de aprovechamiento económico
más allá de la subsistencia simple, la ciudad fue mercado
y centro manufacturero de cueros de chivos.
Advino el período republicano
y la vida, antes que mejorar, empeoró porque a menudo los trámites civiles y
mercantiles fueron preferidos por acciones militares -guerra de emancipación,
guerras civiles, asonadas caudillescas- que arrasaban
los recursos humanos y materiales por donde pasaban. A principios del presente
siglo comenzó una época de relativo sosiego; pero el bienestar económico fue
esquivo a la región, debido a la cercanía de dos polos de crecimiento
acelerado, representados por Barquisimeto y El Tocuyo (cada uno distante menos
de treinta kilómetros en direcciones opuestas). Cercado por sus dos salidas de
comunicación e intercambio, Quibor se iba quedando notablemente rezagado en la
geografía económica nacional.
No se veían signos de progreso
cuando apareció en escena el canario José Rodríguez León. Este hombre llegó al
país como inmigrante en 1944 y había recorrido varias regiones ejerciendo
distintos oficios, uno de los cuales lo llevó a conocer el Valle de El Tocuyo,
donde algunos paisanos suyos cultivaban tomates en cantidades comerciables. En
1948 se instaló allí como arrendatario de tierras y se dedicó a producir esta
hortaliza. Debido a que por esos lares no se
conseguían abonos químicos, se vio precisado a recorrer la depresión de Quibor,
como lo hacían otros agricultores, para recoger los excrementos de las manadas
de cabríos a fin de aplicarlos al abonado de sus siembras. Ocupado en sus
labores de recolector observó que en reducidos espacios el verdor de las plantas superaba en
intensidad al de otras cercanas, aunque la tierra nutricia tenía la misma
apariencia. Su sentido práctico y tal vez una intuición providencial le sugirieron la existencia de agua a escasa profundidad allí
donde se producía aquel fenómeno. Exploró diversos parajes hasta encontrar los
vestigios de un surco que le pareció sería el lecho de un río desaparecido,
cuyas aguas podrían localizarse en el subsuelo. Gestionó la compra de dos
hectáreas y media en el lugar que consideró más apropiado, de las cuales su dueño
se sintió feliz al desprenderse, pues la consideraba sin ningún valor y había
topado con un ingenuo que pagara un buen precio por ellas.
Nuestro hombre sabía que la
tierra de la superficie era extremadamente pobre; pero consideraba segura la
obtención de agua, en una región donde el régimen de las lluvias, más moderado
que en el resto del país, le permitiría recoger dos cosechas por año en vez de
una, como era lo habitual en otras partes donde había sembrado.
Comenzó a perforar con
procedimientos rudimentarios, por carecer de recursos financieros para utilizar
la tecnología disponible en la región. El trabajo le llevó dos años; comportó
exigencias rudas para su capacidad física y lo sometió a pruebas de un carácter
tal, que podían abatir la voluntad de cualquier hombre. Este no flaqueó y al fin,
en 1955, su esfuerzo se vio coronado por el éxito, a quince metros de
profundidad dio con un surtidor que le proporcionó abundante cantidad de agua,
suficiente para regar un área, varias superior a la suya.
Este chorro deparó un frescor
de esperanza a su buscador; pero por sí solo apenas alteraría el marasmo de la
depresión, pues la tierra seguía siendo infértil y en esas condiciones de nada
valdría toda la capacidad de riego lograda.
Surge
un Prodigio Agrícola
Descubrir agua en la región era
un gran paso; el siguiente -y definitivo- sería encontrar la forma de convertir
en productivos los suelos. También de eso se encargó José Rodríguez, con mayor
tenacidad que antes, porque se sentía cercano a redondear una obra importante;
y lo hizo. Tras las noticias de sus exitosas experiencias se produjo la
invasión del campo y el crecimiento acelerado de la ciudad. Un numeroso grupo
de canarios, en concurso con labradores venezolanos, agregó cifras a la
producción agrícola de la depresión hasta hacer de ella el oferente principal
del consumo nacional en los frutos que allí se cultivan.
El desarrollo de este emporio
fue obra nacida al margen de la intervención gubernamental. Por falta de ella
ha tropezado con algunas dificultades, incluso de origen oficial,
afortunadamente ya resueltas o en vías de solución.
Animado por la nueva
perspectiva, José Rodríguez adquirió más tierras y dedicó pequeños lotes a
ensayar los modos de conseguir su mejor aprovechamiento. Trataba de descubrir las condiciones adecuadas para
obtener buenas cosechas de tomates a mayor escala, aplicables a toda la
extensión de la cual se había convertido en propietario.
Hay quienes empíricamente han
llegado a afirmar que en la depresión existía una capa de tierra fértil oculta
bajo los últimos sedimentos depositados por el proceso de erosión. Rodríguez
cuenta que sus siembras iniciales germinaban gracias al riego que les daba;
pero al comenzar a crecer se marchitaban, porque aquella capa sencillamente, no
existía. Su segundo logro, entonces, debió ser la fertilización artificial de
los labrantíos. Simultáneamente descubrió que la permeabilidad y consistencia
de la tierra no eran homogéneas, por lo tanto, la evaporación y la fuga del agua
hacia el subsuelo no se producían de manera uniforme, como, por lo mismo, no
era pareja la retención de los fertilizantes por los suelos. Estos nuevos
tropiezos le hicieron perder tiempo mientras encontraba las soluciones
adecuadas y establecía los patrones correspondientes.
Después de varias experiencias
poco estimulantes y las consiguientes vueltas a emprender; de agotar sus fondos
sin posibilidades de auxilio; de obtener productos escasos, aunque ascendentes;
de oír consejos y opiniones disuasivas de familiares y amigos; de ser
calificado de contumaz, en 1960 nuestro insistente amigo logró su objetivo
último, al recoger una cosecha de tomates cuyo rendimiento estimó en más de
cien mil kilogramos por hectárea.
Este sería el punto de partida
para que ocurrieran transformaciones radicales en la depresión de Quibor y la
ciudad de mismo nombre. Al hacerse posible la agricultura en una extensión tan
grande como aquella y con la alta productividad señalada, esto atrajo una
apreciable cantidad de labradores (nativos y extraños, estos últimos
exclusivamente canarios) que al instalarse en las nuevas tierras desplegaron
una febril actividad agrícola y urbana de considerables proporciones.
Felizmente para la región, las
tierras quiboreñas se abrieron a la agricultura
cuando en las del Valle de El Tocuyo comenzaba a producirse un cambio de uso
debido a la ampliación de la industria azucarera instalada allí desde tiempos
coloniales. Los productores de hortalizas y otros cultivos tuvieron que ceder
ante el empuje de las nuevas inversiones y buscar otros rumbos; éstos se le
ofrecían a escasa distancia, donde podrían trabajar sin problemas aparentes.
Si antes los labradores
expulsados de El Tocuyo eran marginales frente a las extensiones dedicadas a
las siembras de caña de azúcar en constante aumento, ahora serían avanzada de
un proceso extraordinario sin la competencia del territorio vecino. Solo
estarían sujetos a las limitaciones impuestas por el mercado que debían
abastecer; y éste crecía anualmente a grandes trancos, gracias a que en
Venezuela se venían produciendo cambios en la cultura alimentaria, hacia un
mayor consumo de vegetales en la dieta diaria de la población nativa. Los
canarios -sembradores y comercializadores de esos productos- fueron importantes
propugnadores de tales cambios.
Otro factor muy destacado que
favoreció en gran medida el desarrollo del potencial productivo recién
descubierto fue la situación geográfica de la depresión, en el centro-occidente
del país y conectada por excelentes vías carreteras a los centros urbanos más
poblados del territorio nacional, esto es, la franja norte-costera y la
depresión del Lago de Maracaibo, con una cobertura que abarca más del setenta
por ciento de la población venezolana, la de mayor poder adquisitivo y con toda
seguridad la de la mesa más variada.
Los alicientes fueron
poderosos para personas emprendedoras y la reacción no se hizo esperar. En una
primera oleada se alternaría el arribo de canarios procedentes de El Tocuyo y
otros puntos del territorio nacional con nativos propietarios de tierras para
seguir los pasos de José Rodríguez; luego vendrían otros criollos y más
canarios procedentes del Archipiélago, llamados por familiares para que
trabajaran con ellos. Hasta más de tres mil isleños llegarían a estar dedicados
al laboreo agrícola en la primera década.
Los proyectos del pionero no
se limitaban al cultivo del tomate; desde un primer momento pensaba en ampliar
sus ensayos a cebollas, pimentones, maíz, frijoles, melones. Así lo hizo y
gracias a sus iniciativas y a la intensa actividad desplegada por quienes lo
secundaron, serían suficientes pocos años -los de la década del sesenta- para
que la depresión de Quibor tomara el liderazgo nacional en la producción de
algunos de aquellos rubros (en primer lugar los tomates; luego cebollas y
pimentones). Se recogía cerca del sesenta por ciento de los tomates y el
setenta por ciento de las cebollas para proveer el mercado venezolano. El peso
de esta producción en el total nacional permitió y aún permite a los agricultores
organizados en el mercado al por mayor de Barquisimeto, fijar el precio de
venta de aquellos artículos a escala del país entero. Durante ese tiempo el
área apta para las siembras sumó cerca de ocho mil hectáreas, de las cuales una
porción de aproximadamente tres mil se mantenía improductiva por las
necesidades de rotación de cultivos y problemas de irrigación.
Quibor se animó rápidamente.
Las actividades agrícolas determinaron demandas inmediatas de instrumental de
trabajo, abonos químicos, comestibles, bebidas, vestidos, etc,
para cuya satisfacción surgieron los establecimientos comerciales
correspondientes; al poco tiempo, empresas vendedoras de maquinaria agrícola
encontraron atractiva la apertura de locales para ofrecer sus equipos; tras las
maquinarias se instalaron talleres de reparación y más tarde otros servicios. El
auge agrícola y mercantil hizo crecer notablemente el empleo, aumentó la masa
monetaria circulante y el negocio del crédito bancario, tanto, que la banca se
extendió a este nuevo emporio para captar las cuentas de muchos clientes.
Quibor creció de manera acelerada y de una población ligeramente superior a
cinco mil habitantes pasó a albergar más de cuarenta mil.
Pero el movimiento no se quedó
en esa fase, de por sí excepcional. En las tierras altas de entremontañas
menos afectadas por la erosión e intocadas por ella, algunos canarios probaron
a cultivar papas, con un resultado tan gratificante que ahora allí se producen
cantidades significativas de este tubérculo, también determinantes en la
fijación del precio nacional. Las poblaciones de Sanare y Cubiro,
cercanas a Quibor, agregaron así unas cuatro mil hectáreas al proceso aquí
narrado.
Posteriormente se introdujo el
cultivo de la vid en amplias extensiones, tanto en la depresión como en las
tierras secas que se extienden entre Quibor y El Tocuyo, sumando con esto un
nuevo elemento productor de riquezas que dentro de poco dará lugar a las
instalación de una industria vinícola. Son sometidos a prueba otros cultivos de
productos tropicales con resultados prometedores, que probablemente a corto
plazo estarán convertidos en plantaciones de carácter comercial.
Interés
Gubernamental
Los canarios que contribuyeron
al desarrollo de la depresión de Quibor no recibieron ninguna atención de los
gobiernos de turno cuando llegaron a Venezuela. Como no fuera para permitirles
el ingreso. Unos varían en condiciones de inmigrantes libres, por su cuenta o a
expensas de algún familiar; otros salieron de Islas Canarias en la corriente de
la emigración clandestina, de triste recordación. Ambas condiciones dispensaban
a las dependencias nacionales especializadas de prestarles atención; así el
país ganaba fuerza de trabajo y no gastaba nada en adquirirla, aunque no
pudiese dirigirla ni medir su utilidad social.
La participación que tuvieron
en el proceso de Quibor tampoco contó con ayuda oficial. Exploraban tierras
consideradas inútiles que no entraban en ningún plan gubernamental y, hasta
quedar fehacientemente demostrada su capacidad, cualquier inversión hecha allí
podría considerarse dinero colocado a fondo perdido, las primeras sumas
empleadas para construir este granero nacional fueron ahorros de los
labradores; los “riesgos” corridos posteriormente por la banca tenían el
respaldo de activos saneados, ofrecidos por los agricultores en garantía de los
préstamos crediticios la parte difícil del proceso estaba concluida.
Los gobiernos no ignoraron el
fenómeno; pero no tuvieron nada que ver con su génesis. Cuando éste se hizo tan
notorio que al fin las organizaciones estatales se ocuparon de la depresión,
fue para presentar dos proyectos, uno positivo aunque todavía inconcluso y otro
francamente oportunista y negativo.
El primero tuvo una gestación
lenta, impuesta por su naturaleza y los estudios de viabilidad necesarios.
Consiste en un complejo hidráulico para represar las aguas del Río Yacambú, que corre al otro lado de las montañas
circundantes de la depresión, formar un gran lago artificial y perforar un
túnel de trasvase para llevar agua potable a Barquisimeto e irrigar las tierras
recién puestas en condiciones de aprovechamiento. La construcción comenzó en
1974 y según estimaciones de ingeniero conocedores del proyecto, a 1989 sólo se
ha ejecutado el cuarenta por ciento del túnel y el cincuenta por ciento de la
represa. El proyecto no ha avanzado al ritmo necesario, debido a errores
técnicos de construcción, desidia de altos funcionarios y rivalidades
políticas: y ocurre asimismo que por estas dos últimas causas no se presta el
mantenimiento adecuado a las partes construidas hasta la fecha. Esta omisión
las ha deteriorado y a resultas de ello, cada vez que reemprenden los trabajos
es menester recomenzar en etapas que eran consideradas avances definitivos. La
estimación del tiempo total para terminar la obra fue de diez años y después de
quince de haberse iniciado. Su construcción no ha avanzado ni siquiera hasta la
mitad.
El segundo proyecto, anunciado
en 1975, se proponía realizar un proceso legal mediante el cual serían
expropiadas las tierras de la depresión para distribuirlas a los campesinos en
cumplimiento de los planes de Reforma Agraria. Este anuncio desalentó a los
cultivadores establecidos; muchos de ellos redujeron las siembras; otros
liquidaron sus intereses y se marcharon. En consecuencia, se produjo la
disminución de la oferta frente a una demanda que presionaba y llegaron a
escasear los frutos; en algunos casos el comportamiento del mercado elevó los
precios hasta duplicarlos. El propio presidente del Instituto Agrario Nacional
tuvo que asistir a una Asamblea de productores, donde se comprometió a observar
una moratoria del proyecto por diez años. Han transcurrido catorce de aquel
compromiso y no se ha vuelto a hablar del asunto, que parece abandonado por el
gobierno. Pero el daño causado a la economía de la región no se repuso, porque
los cultivadores que se fueron (casi todos canarios) lo hicieron en condiciones
superiores a los de su llegada, las que les permitieron instalarse en otros
sitios donde trabajar sin el peso de semejante amenaza sobre su futuro.
Por otro lado, el nivel
freático de la depresión bajó considerablemente como resultado de la diferencia
acumulada entre la extracción y la absorción de agua. Antes de concluir la
década de 1970 el Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales
Renovables dictó medidas conservacionistas que molestaron a los cultivadores,
quienes replicaron con el argumento de que pronto la represa de Yacambú (si era terminada a tiempo) proporcionaría tal
cantidad de agua, que no era necesario el celo puesto en la preservación de los
depósitos del subsuelo. Ante la insistencia del Ministerio, los labradores
respondieron reduciendo un tanto la producción, como tentando la derogatoria de
las normas impuestas para conservar el recurso.
Evolución
del Fenómeno
La gran fuente de riquezas
agrícolas de Quibor ya está creada. En virtud de su importancia cuantitativa,
de la ubicación estratégica que ocupa en el país y de la magnitud de las
inversiones que la llevaron al estado
actual, es improbable que desaparezca; ni siquiera es previsible una caída de
la producción por debajo de los niveles de 1988. Esto se puede afirmar en vista
de los incrementos constantes de la demanda nacional y el aumento experimentado
por la rentabilidad de los cultivos, dos estímulos suficientes para servir de
contrapeso a las dificultades resultantes de la acción gubernamental.
Los productores han tendido a
tranquilizarse al constatar que, salvo sobresaltos ocasionales, las amenazas se
quedaron en eso; esperan además que la dinámica de las necesidades
agroalimentarias del país fuerce a terminar la represa de Yacambú
en un plazo razonable. No ha desaparecido la actitud de alerta; pero la vida
cotidiana parece haber retornado a la normalidad y las tierras de Quibor.
Sanare y Cubiro, contribuyen con abundantes cargas
diarias de sus frutos a mantener animado el mercado al por mayor de
Barquisimeto. Hasta se evidencia un ritmo creciente en las últimas cosechas,
que si no han revertido la tendencia depresiva deben estar a punto de hacerlo.
No es preciso indagar mucho
para llegar a la conclusión de que los estados de ánimo operados en los
productores de Quibor y sus alrededores fueron causados por intervenciones poco
afortunadas de los gobiernos nacionales desde 1973. Estos pusieron de
manifiesto políticas contradictorias, capaces de provocar reacciones pesimistas
o de inducir a gratas expectativas. Durante los últimos años se ha visto
mejorar esa conducta con anuncios de acciones y proyectos que, aunque carentes
de firmeza en su acometimiento, apuntan hacia una rectificación de rumbos.
Recientemente el Ministerio
del Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables suavizó las disposiciones conservacionistas
dictadas para preservar los acuíferos del subsuelo y proteger la zona de las
depredaciones causadas por la actividad agrícola, que deterioraba unos terrenos
en beneficio de otros. No renunció al cumplimiento de sus obligaciones de
vigilancia y control; pero ha optado por una política de entendimiento y de
experiencias didácticas provechosas. En esto ha sido positiva la intervención
de un organismo regional creado por el mismo gobierno central,
Una medida de gran alcance fue
tomada en agosto de 1982, según se cree, dirigida a bloquear las aspiraciones
del sector manufacturero de Barquisimeto, cuyos dirigentes pretendían convertir
la depresión de Quibor en zona de ampliación industrial de aquella urbe y
apoderarse de las aguas de Yacambú. Un Decreto del
Presidente de
Con respecto a la represa, si
nos atenemos a las noticias de prensa, el panorama no termina de aclararse, en
razón de que a breves intervalos se leen informaciones contradictorias. Hace
pocos días un periódico de Caracas reprodujo una protesta del Sindicato de
Con todo, a juicio de quienes
ven el fenómeno como simples observadores, la actividad de la que nació está
consolidada sin riesgos de regresión; la
dificultad más aguda que pueda sufrir será causada por el descenso del nivel freático.
Opinan que Venezuela no está en condiciones de renunciar a la producción que
Quibor, Sanare y Cubiro aportan al consumo nacional y
antes de dejarla decaer por falta de agua, la administración nacional hará
cualquier sacrificio fiscal para terminar la represa.
Desde el momento de mayor
concentración hasta la fecha, el número de canarios en Quibor se redujo de más
de tres mil a poco menos de mil ochocientos. Muchos de los que están allí
actualmente son considerados miembros de la colonia canaria porque realizan actividades económicas en la
depresión o en la ciudad; pero ya no habitan en ella sino en Barquisimeto, a
donde se trasladaron porque con los capitales acumulados en el trabajo de la tierra hicieron en esta
ciudad nuevas inversiones que deben
cuidar más de cerca, o porque encontraron facilidades para una existencia más
placentera: urbanizaciones bien diseñadas y confortables, dotadas de servicios
satisfactorios; relaciones sociales que no se cultivan en Quibor, amen de
oportunidades educativas de mayor calidad y amplitud para sus hijos. Otros
forman parte de la colonia, sólo en tanto que naturales de Islas Canarias,
porque en gran número han adoptado la ciudadanía venezolana.
A pesar de la disminución del
colectivo, de las mudanzas, de las nacionalizaciones (aunque esto último no
tiene mayor consideración al juzgarlos), parece como si la colonia canaria en
Quibor fuese más notable ahora que antes. Esto se debe a varias causas, algunas
de las cuales merecen ser examinadas.
Estos hombres, cuando
comenzaron a hacer productivas las tierras, las dedicaban tanto tiempo que no
se separaban de ellas sino brevemente, para ir a la ciudad a comprar las cosas
más necesarias; por otro lado, los años iniciales fueron de asombro y confusión
para los habitantes de Quibor, con los responsables del “milagro” ausentes,
dedicados a mejorar las siembras y acumular ganancias para explotar la tierra
en forma más provechosa. Sedimentados los efectos de aquella transformación,
estabilizados en sus quehaceres y con mayor seguridad personal, los isleños
tendieron a asimilarse socialmente. Del período de contemplación de su obra
pasaron a compartir la celebración de cuanto ella representaba; y, tomada
conciencia del papel que estaban desempeñando, aumentaron su proximidad a los
habitantes de la ciudad. Incluso por la vía del matrimonio se han integrado a
familias de todos los niveles económicos y sociales.
La presencia canaria y la
persistencia del fenómeno agrícola pusieron de relieve que éste no era
pasajero. La reflexión de los quiboreños fue
procesando esta idea y hoy reconocen el mérito de los canarios; hacen públicos
testimonios del aprecio que les inspiran como personas y por la prosperidad que
trajeron a la región. Adicionalmente, estos inmigrantes han incursionado en
otras actividades, en las cuales ocupan posiciones de punta como dueños del
mejor hotel, los mejores restaurantes, el mayor supermercado, buenos talleres
mecánicos, establecimientos distribuidores de semilleros para la siembra, etc.
están hoy en muchos sitios donde antes no estaban y son señalados como modelos
de espíritu emprendedor, responsabilidad, solidaridad y eficiencia.
Los que se quedaron (entre
ellos José Rodríguez) se han multiplicado en los hijos. Algunos siguen los
pasos del padre, otros buscarán horizontes distintos; pero de diversos modos son
una ampliación de la colonia y tanto cuantitativa como cualitativamente
sustituyen a quienes se marcharon.
Una consideración final. Esta
colonia tiende a desaparecer por envejecimiento, más que por dispersión. Acerca
de lo segundo ya quedó dicho algo; en cuanto a lo primero, debemos considerar
que el último inmigrante canario avecindado en esta ciudad llegó al país en
1969, cuando contaba treinta y dos años de edad. Hay unos pocos más jóvenes,
que llegaron recién nacidos, pero también envejecen. El cuadro general es éste:
Canarios
residentes en Quíbor
Frecuencia
por Edades a Fines de 1989
|
Años de Edad |
Porcentajes |
|
30 - 39 |
8,9 |
|
40 – 49 |
24,4 |
|
50 – 59 |
31,5 |
|
60 – 69 |
23,1 |
|
70 - 79 |
10,1 |
|
80 - 89 |
2,0 |
El problema no se objetiva,
simplemente, porque Venezuela haya cerrado sus puertas a la inmigración, como
efectivamente lo ha hecho. No se trata de traer nuevos hombres para relevar a
los viejos, pues la colonia se integra sobre la base de unos bienes de
propiedad privada cuyos titulares conservarán, venderán a quienes se les antoje
o transferirán a sus descendientes venezolanos en aplicación del derecho sucesoral. Por eso, no hay lugar para el relevo y en
consecuencia, indefectiblemente desaparecerá como conglomerado canario. Primero
perderá su identidad con la tercera generación, cuyos retoños ya están
creciendo y luego se extinguirá. Pero algo es tan seguro como lo anterior: su
obra perdurará, gracias al impacto que ha causado. Ya la crónica ha recogido la
parte medular de los sucesos protagonizados por estos hombres y quedan
abundantes evidencias para el trabajo historiográfico futuro.