España, una nación enferma
(Como recordatorio de otro tiempo, pero no tanto)
Juan
Jesús Ayala
El colonialismo europeo,
y más concretamente el británico y francés, tenían como objetivo prioritario en
África (ciñéndonos a ese continente) estimular las relaciones comerciales entre
los países colonizados y la metrópoli, integrando directamente a las sociedades
indígenas en las prácticas mercantiles europeas. No así España, que desde un esbozo
imperialista desdibujaba y minorizaba su presencia mezclada con problemas
religiosos e implantación de la religión más que el mercantilismo.
El imperio español se
veía como un ámbito simbólico desdoblado en una multiplicidad de espacios que
se conectaban con el centro de la corona, que era el centro único. No se daba
opción, y menos representación, en ese centro a las colonias.
España quiso ser
imperio y ser reconocido así por el resto de las potencias europeas y por ello
pensó en África. Había que construir el imperio. Los intelectuales de la época
ponen de manifiesto que así comenzaron los Reyes Católicos, la política del
Cardenal Cisneros o la de Felipe II. Se llegó a decir
o que se dominaba cierta parte de África, y si no fuera así, que ningún otro país
pudiera hacerlo. Todos cantaron a África, desde Alfonso el Batallador desde la
cordillera bética o Carlos V en Túnez, todos se consideraban herederos
naturales de África. Hasta Cánovas en 1851 señala la
frontera natural de España en el Atlas o Magreb y no en el canal estrecho que
junta el Atlántico con el Mediterráneo.
También el de Lugo,
Diego García Herrera, Juan Rejón y Pedro Vera se asomaron a las costas de las
islas para no perderlas de vista y que fueran reconocidas como parte del
imperio de una nación, la española, que más tarde iniciaba su quiebra, que se
acentuó en la independencia de los pueblos de América. España se estaba
quedando rezagada de otros países, sobre todo de Francia e Inglaterra, que
dominaban más mares y más tierras.
Y esa nación que
estaba enferma, que había finiquitado gran parte de sus colonias, donde el
grito de independencia retumbó desde la cordillera de los Andes hasta terminar
en el castillo del Morro en La Habana, se le intentó sacar algo de brillo del
marasmo de la quiebra nacional por aquellos escritores-intelectuales, los del
98, que siendo los más llorones y quejicas fueron
incapaces de solucionar los problemas del desastre. Y lo único que se les
ocurrió fue volver sobre sí mismo, sobre Castilla, para reponer un nuevo nacionalismo
español que pudiera sacar la cabeza por todos aquellos mares que solo guardan
en su fondo restos de maderas podridas de galeras hundidas y de arcabuces
florentinos herrumbrientos e inservibles.
Se siguió pensando en
África, a pesar de todo. En Marruecos, en Guinea y, como prolongación de aquel
imperio casi finiquitado, quedaban como reducto de una espiritualidad más que
comprometida y con unos intereses ya no nacionales sino privados. El resto del
imperio quedaba en los designios de unos pocos que, dada la exigua
rentabilidad, propiciaron la retirada ante la avalancha descolonizadora
poniendo los pies en polvorosa, no sea fuera demasiado tarde y costara miles de
vidas humanas.
La única salida que se
tuvo en aquel momento fue la reconstrucción de la nación española, que estaba
poco más o menos moribunda. Así, desde Unamuno, pasando por Ganivet
hasta Valle Inclán, lo que les movía ante los brotes de nacionalismo -lo que
ellos llamaban regionalismo- que se asentaban sobre todo por los montes de
Euskadi y del Tibidabo, era la exaltación de una
política cultural articulada a la lengua castellana, vinculando de esa manera
estrecha la sociedad rural arcaica y el lenguaje castellano como métodos
esenciales de la unión española.
Sin embargo, las
contradicciones de los intelectuales de entonces fueron evidentes y en casi
nada se pusieron de acuerdo, y sus discusiones se perdieron en la esterilidad
de charlas de café o en diatribas en este o aquel periódico. Dentro del espacio
de la política práctica poco hicieron y bien poco fueron aceptados por los
gobiernos de turno. Se quedaron como meros diletantes y lloriqueadores
de una situación donde aún existía borrachera de poder y ansias imperialistas
cuando el horno nacional no estaba para bollos.
Lo único, y es curioso,
que ante este desaguisado histórico es que cuando se habla de las desavenencias
que se tenían en sociedades rurales, como era la vasca y parte de la catalana,
nunca se menciona el problema canario, como si estuviera ausente de la mente de
los intelectuales aquellos, a excepción de Unamuno, que llevó a Fuerteventura
en su ánimo de destierro, no para exaltarla sino tenerla como tierra rara, impertenecida, escondida, sospechosa de no se sabe qué.
Las islas fueron
entendidas como una factoría en el Atlántico y como avituallamiento para la
conquista de América y siempre atadas a los avatares españoles pero cuando se
constituye en La Laguna la Junta Suprema de Canarias el 11 de Julio de 1808,
motivada por la invasión napoleónica, las islas sí que se quedaron aparte,
alejadas de toda influencia metropolitana y bien pudieron tomar este o aquel
rumbo. Fueron dejadas de la mano del imperio, que comenzaba a hacerse trizas
bajo el mando de José I y navegaban en solitario en la mar océana.
Pero (la historia
hubiera cambiado, seguro) las islas volvieron sobre sí mismas y desde
primigenias desavenencias se acercaron de nuevo a España y en ella se
integraron generosamente para que el rey del que se deseaba su vuelta del
exilio, Fernando VII, las encadenara como al resto de
la nación.
Desde una nación que
estaba enferma y resquebrajada empezó a emerger dentro de sí otras naciones,
quizás como origen del desastre y la falta de entendimiento de la historia y
del comportamiento voraz de los que desde la metrópoli se creían
dueños y señores del mundo, del de ellos.
Después, ya se sabe,
el Estatuto de Bayona, las guerras civiles, las constituciones, los amagos
federalistas, las autonomías y, a partir de ahí, la incertidumbre.
Y ahora, andando el
tiempo y centrando las crónicas del día a día, no es que España esté decadente,
pero sí que ante el concurso de las naciones del mundo, aunque ostente la
presidencia de la Unión Europea, de nada le vale; tiene dificultades y, además,
allí es poco más o menos que un convidado de piedra.
Dificultades no sólo
en el terreno de la competitividad, paro y baja productividad, sino que tendrá
que abordar de manera decidida y tajante cuestiones que afectan al ordenamiento
de su espacio territorial en las trabas constitucionales que claman por una revisión.
De ahí que o se
discute un nuevo modelo de estado o la enfermedad que se inicio tiempo ha,
continuará a peor, si no se le somete al tratamiento adecuado. Pero entre
todos.