400
AÑOS DE SAN JUAN DEL FARROBO DE LA OROTAVA
Agapito
de Cruz Franco
A Antonio el Cura
El año 2008
que termina ha marcado un hito histórico para La Orotava: el cuatrocientos
aniversario de la fundación de la
Iglesia de San Juan Bautista de El Farrobo.
O lo que es lo mismo, del desarrollo urbano y social de su núcleo originario
conformado históricamente a través de la ruta de los molinos: “Desde el área de Santa Catalina
por el sur y hasta El Mayorazgo de los Franchi por el
norte, Las Dehesas comunales por el este y el convento franciscano de San
Lorenzo por el oeste”, como explica el historiador Manuel Hernández González. Porque el casco histórico de La Orotava, como la sombra
del ciprés, es alargado, y tiene en la
Villa de Arriba, unas señas de identidad que se confunden con
la religiosidad que durante cuatro siglos se dio cita en su Parroquia.
En la historia
de la misma está escrito, entre sus ritos, sus piedras y sus imágenes, el
devenir de un pueblo que se ha hecho a sí mismo. Sobre la base de unas
sociedades humildes, agrícolas, rurales. Caña de azúcar y viñedos. Artesanos.
Tierras de pan y posteriormente cochinilla, papas y plátanos. Religión,
economía y sociedad se hallan tan íntimamente unidas en este entorno, que se funden
y confunden. El mejor ejemplo de cómo un pueblo al religarse desde sus inicios
con la Divinidad,
se religó ante todo consigo mismo.
Los orígenes
de la primitiva ermita de San Juan se remontan a 1608. Los terrenos se donan en
1606, cuando el Alférez Mayor de la isla Francisco de Valcárcel cede un solar a
la Cofradía
de Labradores con esa misma advocación. Ermita pública, no privada, que se
construye a lo largo de los siglos con dinero de los vecinos. Mano de obra
gratuita, colectividades que sostienen el culto y donan sus bienes a la Parroquia. Una
realidad que contrasta con la fiebre de actas de propiedad por las que, en
lugar de usufructuarlos, la Jerarquía Episcopal se ha apropiado de estos
lugares que corresponden realmente al pueblo.
Manuel Hernández González informa que se convierte en parroquia en 1681 tras
una lucha por los límites que quedan fijados en la calle Cantillo. Surgen las
primeras Hermandades como la del Santísimo. Las Cofradías eran populares, al
contrario que las Hermandades, más restringidas y para gente privilegiada.
La Iglesia de San Juan fue un lugar de enterramiento hasta 1830 cuando se crea el
cementerio de La Orotava.
Sus vecinos son protagonistas en las luchas del siglo XIX
entre liberales y absolutistas. Entre las clases bajas y medias de la Villa de Arriba y las
acomodadas que vivían en la parte baja de La Orotava. Recuerdo
de esta época es la placa: “Plaza de San
Juan Bautista y de la Unión”
que puede verse en la fachada del Templo.
Su interior es
todo un museo. Posee grandes obras de arte como la urna del Santo Entierro con
el Señor Muerto, la Virgen
del Carmen, la de Los Remedios, el Señor de la Cañita, El Columna, San
Juan Evangelista, la
Magdalena, las Custodias y las Andas del Corpus, San José y
El Niño o los dos Órganos más antiguos de Canarias -siglo XVII- hechos en
Hamburgo. Algunas imágenes son consecuencia de las desamortizaciones del siglo
XVIII y proceden de conventos como Santo Domingo, San Agustín, San Francisco o
las monjas Claras. Otras, resultado de donaciones de emigrantes como Francisco
Leonardo La Guerra,
Mateo Grillo u Osorio, a caballo entre Cuba y Sevilla. Imágenes elaboradas por
artistas como Merino de Cairós, Fernando Estévez,
Alonso de la Raya,
Luján Pérez, Aurelio Carmona, Betancourt y Castro hermano del portuense Agustín
de Betancourt y que hizo su tabernáculo. Posee el único libro que se conserva
de cofradías como el de la de Gracia, de los Agustinos, junto a cuadros
emblemáticos y un artesonado de madera y su cúpula pintada, dentro de una
arquitectura mudéjar con influencias portuguesas.
El
Ayuntamiento de La Orotava
y la Parroquia
han llevado a cabo diferentes actos que
no han conseguido dar a la efeméride la importancia debida. Excesivamente
centrados en la liturgia unos y con poco peso institucional otros y que apenas
han pasado de una publicación “El legado
del Farrobo” de Juan Alejandro Lorenzo Lima. Se ha perdido una ocasión en la que la
política ha marginado a los investigadores locales y se ha pasado de puntillas
sobre la historia. Porque hasta en el almuerzo de clausura del centenario donde
se dio cita el barrio, se echó de menos alguna representación del grupo de
gobierno y de los otros grupos políticos del Ayuntamiento. Sensación esta de soledad
y abandono frente al poder, nada extraño en un entorno poblacional, que se ha
caracterizado tantas veces por bregar contra el mismo, o por ser ignorado por
el mismo.
Aún
así, la importancia social y municipal de San Juan del Farrobo
y, por extensión, de la Villa
de Arriba de La Orotava,
es enorme y de primerísimo orden. Su filosofía comunitaria ha dotado de una
impronta especial a este enclave. Hay comunidad en sus celebraciones religiosas
y en sus casas humildes de hechura portuguesa. No en vano El Farrobo es un portuguesismo más que denota la influencia de
esta cultura en el Valle. Hay un sentimiento comunitario en sus alfombras del
Corpus y que no se encuentra en otras. En cada esquina, en cada rendija, en
cada rostro. En sus chabocos mudos de agua, en sus
viejas y desaparecidas canales, en cada ingenio perdido, en los sitios que a
duras penas sobreviven al cemento. En cada uno de esos cuatrocientos años cuyos
protagonistas siguen palpitando aún en el corazón mismo de sus calles
empedradas y empinadas. Cambian los tiempos, pero las campanas de San Juan
siguen tañendo y diciéndonos que aquí, y frente a cualquier forma moderna de aristocracia,
sigue viviendo un pueblo que se basta a sí mismo y que lleva en sus genes el
alma de los campesinos de antaño.