Gasolina cara
Juan
Jesús Bermúdez
El “Oxford institute for energy studies”,
entidad británica especializada, entre otros aspectos, en la dinámica de los
precios del petróleo, dada su importancia para la economía global, ha analizado
la cotización del barril de crudo entre los años 2002 y 2008, con el objetivo
de vislumbrar el comportamiento del mismo en el futuro.
Nos recuerda el Instituto que ese periodo vivió un
incremento acusado del precio del petróleo, hasta alcanzar un límite absoluto
de 147 dólares el barril, que culminó en un sensacional colapso, de forma
paralela a la huida financiera y el reconocimiento bursátil de la crisis
crediticia.
A partir del hundimiento del año 2008, el precio del
petróleo ha vuelto a doblarse, pasando de algo menos de cuarenta dólares a la
cifra del entorno de los ochenta, en el primer trimestre del año 2010.
Obviamente, en el factor de su conformación juegan una serie innumerable de
factores, entre ellos los relacionados con el valor del dólar y el propio
futuro de la economía norteamericana, algo que, además, está dejando tras sí
oscilaciones bruscas en su cotización, generando inquietud creciente, lo que es
visto como un lastre para cualquier actividad económica que precise evaluar e
incorporar los costes del combustible en su cuenta de inversiones o resultados;
esto es, prácticamente todas.
Sin embargo, el debate principal sobre el futuro del
precio del petróleo es lo que el Instituto llama “expectativas del mercado”
tanto del lado de la oferta –nuevos recursos petroleros–
como de la demanda, sobre todo en la economía estadounidense y europea
occidental, con el añadido de la incorporación de países emergentes que cada
vez importan más en la cesta mundial de compradores: frente a quienes
piensan, de forma simplificadora, que el factor dominante de formación reciente
de los precios alcistas del crudo ha sido meramente especulativo, el organismo
estima que los indudables fenómenos de “atracción de capital financiero”
en los últimos años, en torno al precio del crudo, están interrelacionados con
la percepción creciente de un “mercado físico de escasez” de oferta; este
fenómeno fue detectado por los mercados cuando los precios crecientes del crudo
no atrajeron nueva y sustancial producción, sobre todo a partir del año 2005,
desatando la atracción de nuevos inversores especulativos.
El Instituto considera que la mayor claridad en la
información sobre las reservas energéticas aclararía el panorama de los precios
en los próximos tiempos. Pero aquí nos topamos, como reconoce el propio
organismo, con otra gran incertidumbre (que a su vez alimenta la citada
volatilidad) sobre la capacidad de los países productores de atender, con
bombeos crecientes, una sostenida recuperación económica a nivel global. Los
inversores conocen, hoy por hoy, la existencia de múltiples informes de
instancias cada vez más oficiales que advierten de las tasas de declive
de un número significativo de productores; sospechan igualmente de la falta de
capacidad de la OPEP para compensar en el medio plazo, y al ritmo demandado
previo a la crisis, esos declives citados; temen que el reciente decrecimiento
en inversiones sobre nuevas exploraciones repercuta de forma negativa en la
disposición de nueva oferta inmediata; conocen que numerosos países están
habilitando reservas estratégicas propias. Y, sobre todo, tienen conocimiento,
porque éste ya es global, de que se ha anunciado el “fin del petróleo barato”,
sin ubicar aún el nuevo techo, si lo hubiere, apropiado para un “petróleo más
caro”.
Estas perspectivas son radicalmente diferentes a las
que forjaron la mismísima expansión en esta última fase de crecimiento
económico que culminó hace un bienio. Durante décadas, desde los años 70, el
petróleo se vino cotizando a un precio barato y más o menos estable, con
oscilaciones pequeñas, reflejando la suficiencia del crecimiento de la oferta
para atender la demanda, y sin que los consumidores sintieran en su bolsillo de
forma significativa su importe. Hoy no son las amenazas de embargos las que
alteran espasmódicamente la cotización del barril, sino la creciente falta de
confianza en que la recuperación venga de la mano de un crudo – esencial en el
Mundo globalizado - a precios anteriores a la crisis, algo que, a la postre,
puede cuestionar el vigor de los ansiados brotes verdes. Parece claro que la
“nueva economía” que surja de las cenizas del impacto crediticio tendrá que
convivir con un combustible más caro, fenómeno sin duda de gran trascendencia
para nuestro futuro socioeconómico.