GRAN  ANGULAR

 

 

CON DENOMINACIÓN DE ORIGEN

 

Ramón Moreno Castilla

 

A pesar de todas las calamidades que estamos padeciendo (clase política incluida), de la ya crónica crisis económica, de la insoportable densidad de población (con todos los problemas que lleva implícitos) y un largo etcétera que haría la lista interminable; los  canarios debemos estar contentos y felices porque nuestra Patria, Canarias, es, por “méritos” de España, una “colonia con denominación de origen” y, por ello, ¡un caso paradigmático a nivel mundial! “Calidad” garantizada y “solera” contrastada, made in spain,  tras más de 600 años de cruel y depredador colonialismo.

 

O sea, ya no son solo nuestros magníficos vinos y extraordinarios quesos y demás productos, los que han obtenido ese preciado galardón de excelencia gastronómica que hacen las delicias de los más exigentes gourmet. Canarias -¡y para esto hay que tener más estómago que paladar!-, como territorio de ultramar, ha conseguido también esa otra denominación de origen, que lleva aparejada una especie de record guinnes por ser la primera colonia española; desde la que se conquistaron -a sangre y fuego- otros territorios, que hoy constituyen Estados libres y soberanos en el concierto internacional. Todo lo contrario a Canarias, que sigue siendo un anacrónico e insostenible “territorio nacional” de un Estado europeo en África, que la legalidad internacional ya no ampara ni justifica hoy en día. 

 

Y este podría ser un breve relato novelado y novelesco de esa “merecida distinción”:

 

«Érase una vez un Archipiélago atlántico llamado Canarias (Canary Island, en inglés) en el que sus moradores vivían felices y dichosos disfrutando de las bondades de su clima tropical y de las innumerables bellezas naturales de esas Islas paradisíacas. En ellas proliferaban toda clase de cultivos para el sustento diario; y que el refranero popular, ya perdido en la noche de los tiempos, enfatizaba en la siguiente cuarteta: Canarias tiene terrenos / mejores que los de España / donde cosechamos caña / trigo, avena y centeno. Lo que contribuía a mantener una economía de escala auténticamente modélica, pilar de un verdadero desarrollo sostenible y sostenido; donde Fuerteventura, por ejemplo, era el granero del Archipiélago.

 

Unas Islas que todo el mundo quería visitar y… ¡habitar!, dada su benigna climatología, sus magníficas playas, sus verdes campos (sobre todo los de golf) y su bella y no menos atormentada orografía volcánica. Pero sobre todo, por la pasividad de sus gentes, su exquisita amabilidad, y su desprendida y servicial (a veces servil) hospitalidad; dispuestas en todo momento a recibir y agasajar a todo foráneo que se acercara por aquellas latitudes (todo lo que viniera de fuera era mejor) y que, como consecuencia del devastador efecto llamada, cada día eran más y más y muchos más… difuminando las señas de identidad del pueblo canario, así llamado. Y exponiéndolo a toda suerte de influencias externas (no siempre enriquecedoras), y a ciertos virus, tan nocivos como contagiosos, que hacían estragos entre la  población autóctona.

 

Cuenta la historia, que un fatídico día, allá por 1402, esas Islas fueron desafortunadamente invadidas y arrasadas por las hordas de una incipiente y luego poderosa nación, que se llamaría España; y que después de cruentas batallas y una resistencia numantina por parte de la población aborigen, que las habitaba pacíficamente, y que duró 100 años, se apropió de ellas y comenzó un implacable proceso colonizador. Y con el paso de los siglos y de los siglos amén (la Iglesia de entonces también participó en la conquista y “evangelización” de Canarias), fueron repobladas por las diversas nacionalidades de ese país, que enseguida ocuparon todas las esferas de poder  (político, económico y social) y los mejores trabajos y oficios; disponiendo de bienes y haciendas usurpados a los nativos, que quedaron relegados a un segundo o tercer plano.

 

Pese a esa canallesca ocupación, los sumisos canarios (que luego adquirieron otros gentilicios, como ahora veremos), asistían complacidos y eran condescendientes con ese “poblamiento”; escuchando embelesados lo bien que hablaban los nuevos “inquilinos”(a los que también consideraban  canarios  por el “derecho colonial” de quedarse a vivir en las Islas); y a quienes imitaban en todo, con miméticos y denigrantes comportamientos, lo que ya denotaba un inducido complejo de inferioridad. Y así…hasta nuestros días.

 

En la actualidad, las Islas Canarias son llamadas eufemísticamente Comunidad Autónoma y Región Ultra Periférica; con lo que, a los canarios de antaño se les llama ahora: comunitarios, autonómicos, ultraperiféricos y rupertinos y/o rupertianos.

 

Unas Islas, que anualmente son visitadas ¡y allanadas! por más de 12 millones de turistas; y que con la obligada “libre circulación de personas” impuesta por la UE, se han convertido en el balneario geriátrico de Europa, y en lugar de establecimiento de toda clase de mafias, aumentando considerablemente la delincuencia en Canarias. Y ello, sin contar los otros “turistas” que se han colado por puertos y aeropuertos -con el beneplácito de España-, entre los que destaca un numeroso contingente indigenista de sudamericanos de lo más variopinto.

 

Ello ha supuesto una calculada y estratégica invasión, tendente a diluir al pueblo canario mezclándolo con extranjeros de todo el mundo (españoles incluidos); lo que ha ido modificando progresivamente su idiosincrasia, para así  borrar todo vestigio diferenciador, y minimizar cualquier tipo de reivindicación. 

 

Muchos han sido los reclamos publicitarios para atraer a esa ingente y amorfa masa de foráneos: desde el slogan “patriótico”, Canarias, la España tropical, al Canarias el Paraíso; o el más reciente, Canarias un Mar de Islas; lo que es una  monumental falacia, porque en realidad somos unas Islas sin mar, dado que solo tenemos reconocidas internacionalmente 12 millas de “Mar Territorial español” alrededor de cada Isla, siendo el resto de los espacios marítimos ZEE marroquí.»

 

¡Esa manifiesta ilegalidad, unida a otras muchas, constituyen el oneroso “coste de la españolidad” que estamos pagando los canarios, desde hace más de seis siglos! ¿Hasta cuando este pueblo seguirá soportando estoicamente tanta ignominia?

 

rmorenocastilla@hotmail.com

 

Canarias, domingo 29 de agosto de 2010           

 

          

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