Jamás un guanche entregaría su isla al colonizador
Fernando
Gracia
Me encuentro actualmente
en la capital andaluza de Córdoba, feliz por haber encontrado un pequeño pero
muy eficaz grupo de encantadoras estudiantes de Derecho que me están ayudando a
realizar una tesina bajo el título de "El Derecho en el pueblo
Guanche".
Derecho
y Justicia existen desde el mismo comienzo del mundo, casi podría asegurarse
que desde que el primer ser homínido se engloba dentro del llamado proceso de
hominización o postura erguida de los primates.
Es
curioso cómo actualmente en el primer curso de Derecho de la capital andaluza
se estudia un libro titulado "Manual básico de Historia del Derecho",
escrito por tres eruditos catedráticos, uno de ellos José María García Marín,
precisamente perteneciente a
García
Marín, en cambio, no entra en los curiosos métodos de legislación que tuvieron
los primeros seres de raza humana en el mundo, como el pueblo Guanche, por
ejemplo, que eran seres rubios, de ojos azules, habitantes de cavernas y que al
ser descubiertos en el 1300 vivían todavía en
No
olvidemos que la justicia y la paz no son conceptos abstractos o ensoñaciones,
que hablamos que constituyen un patrimonio común que se encuentra arraigado en
el corazón de cada persona y protege su más cercano patrimonio, comenzando por
el de la territorialidad.
Con
sus primitivos métodos de Derecho y Justicia, jamás el pueblo Guanche
entregaría su isla voluntariamente a los extranjeros.
Hay
dos motivos que me han llevado a comenzar esta tesina: primero, investigar en
esa desconocida laguna, pero a la par tan importante forma que tuvo un pueblo
primitivo del que hablara como primer cronista Giovanni Boccaccio, autor, como
bien sabrá el lector, de "El Decamerón", una de las obras escritas
más notables, y otras como "Filocolo",
adaptación de la historia medieval de Floris y Blancaflor,
"Las ninfas de Fiésole", en el que realiza
un importantísimo trabajo de versos octosílabos, y que durante la aventura de
su viaje a las desconocidas islas Atlánticas escribe cartas en latín que desde
el Tenerife de su época las manda a Florencia vía Sevilla en 1341, donde hace
descripciones de aquella lejana isla sin tocar en profundidad sus métodos de
Ley, que a su modo tuvieran que tener, y esto a pesar de ser un excelente
profesional licenciado en Derecho Canónico, al que lógicamente tuvo que llamar
mucho la atención sus formas de discernir socialmente entre el bien y el mal y
cómo y con qué conceptos castigar este último.
Segundo,
buscar en estos momentos la respuesta que miles de canarios se hacen en estos
días: ¿Entregarían nuestros antepasados, los guanches,
el archipiélago al colonizador? La respuesta es un rotundo no.
Cuando
decidí investigar "El Derecho en el pueblo Guanche", y desde estas
líneas quiero expresar mi agradecimiento a las aportaciones proporcionadas por
la cordobesa Isabel Jurado y otras compañeras de cuarto de Derecho de aquella
Universidad, noto un extraño vacío en las descripciones que realizan el genovés
Niccoloso de Recco y el
florentino Angelino del Teggia, posteriores grandes
historiadores como Alfonso Bethencourt,
Es
curioso que si bien describen con meticulosidad sus peculiares ritos
funerarios, su alimentación, el que vivieran desnudos por un total
desconocimiento de la hilatura y la bondad de la climatología, sobre todo
teniendo en cuenta la piel curtida, ya que posiblemente su procedencia era de
África, las creencias religiosas y sus dos extraños templos o santuarios en el
interior de dos cuevas, una en Arafo y otra en Pinogordo, así como la gran piedra aún existente en los
altos de Fasnia, a la que los turistas llegan
atraídos por su nombre de Piedra de Imoque y que era
el lugar donde se sacrificaba las cabras y ovejas a los dioses, nunca entran en
detallar los conceptos de derechos y la primitiva legislatura por la que se
tenían que regir.
De los
pueblos más primitivos tiene mucho que aprender el Derecho de las modernas
civilizaciones actuales, y les relato casos tan simples y a la vez grandes como
el que hoy en día la justicia se representa como una doncella con los ojos
vendados. Para ellos, para el pueblo Guanche,
Para
nuestros antepasados, la propiedad común de su isla era algo absolutamente
sagrado, y por ese motivo jamás la entregarían a sus colonizadores, a no ser
bajo las mortales espadas españolas que los masacraban, o el espectáculo de ver
a sus niñas y mujeres reiteradamente violadas en muchos casos hasta la muerte
por soldados en su mayoría castellanos.
La
isla de Tenerife estaba regida por un grupo de mayores, ancianos hombres y
mujeres que a su vez dependían de la última palabra de Tinerfe
el Grande.
Es
curioso cómo este dato de "hombres y mujeres" en el método de
gobernar del pueblo Guanche lo recoge Clara Campoamor el 30 de septiembre de
1931 en las Cortes, para demostrar la igualdad que debe de existir, sin
discernir ni dividir por concepto de sexo en quienes como profesión crean y
aprueban leyes y aseguran su cumplimiento.
Las
decadentes monarquías que aún existen dan prioridad de heredar
Otro
bellísimo concepto del Derecho lo da el pueblo Guanche cuando divide el daño
producido por el hombre -varón o hembra- en dos categorías: la pena al gran
delito y el castigo a la otra. En el primero de los casos se pagaba con la
muerte, siendo arrojado al mar el culpable desde una gran altura, pero en el
segundo se le condenaba a un "encarcelamiento" libre; es decir, no
existía la división con el exterior por muros o barrotes, se dibujaba una
especie de círculo de poco más de cinco metros de diámetro marcado con piedras
blancas sobre la arena de la playa y le dejaban en el interior el agua y los
alimentos que pudiera necesitar para las lunas a las que estaba condenada su
inmovilidad. Tengamos en cuenta que siendo el pueblo Guanche un pueblo nómada,
ellos continuaban camino y el preso no salía de su círculo, aún en la soledad.
Siglos
y siglos después, algunos países tratan de incorporar este sistema de cárcel
abierta, pero con pésimos resultados.
Cuando
llegó el momento de la terrible y cruel colonización, la isla de Tenerife se
encontraba dividida en nueve menceyatos: Goymar, reinado por el Mencey Añaterve, que era el segundo hijo del fallecido Tinerfe. Abona, gobernado por el Mencey
Adxoña. Adeje, donde regía
el Mencey Pelinor. Daute, gobernado por el Mencey Romen. Icod, por el Mencey Pelicar. Tacoronte, por el Mencey Acaymo. Anaga, por el Mencey Beneharo. Taoro, por el Mencey Bencomo, y finalmente Tegueste,
por el Mencey del mismo nombre.
En
todos estos territorios de Tenerife existía, cada medio millar de pasos, un
permanente vigía que dispuesto de un instrumento realizado con cuerno de cabra
se encontraba presto para dar el aviso de alarma ante la aparición de cualquier
extranjero que pudiera vislumbrarse por el horizonte o por la mar.
Su
sistema de ley se basaba principalmente en proteger su isla de quien pudiera
llegar con pretensiones de apropiación -tengamos en cuenta que hablamos de una
época en la que los guanches de Tenerife desconocían
hasta la existencia del total de las siete islas del archipiélago canario-,
pero sí eran conscientes de que fuera había un mal o dios o misterio terrible
que les podía arrebatar lo único que tenían para cobijar su bienestar y su paz,
su trozo de tierra que era bañado por las tranquilas aguas del azul atlántico.
En el
pueblo Guanche estaba perfectamente entendido -aún sin conocer la metodología
de
Desconocían
los derechos humanos, las declaraciones normativas y, por supuesto, todo lo que
significan los instrumentos jurídicos vinculantes, pero no ignoraban que su
isla de Tenerife era su herencia y patrimonio de los dioses que jamás se podría
entregar a nadie.
Aquellos
hombres y mujeres guanches se dirigían a su diosa de
¡Jamás
un guanche entregaría su isla al colonizador!
Publicado en El Día, 27-09-2009