Leoncio W. Estévez
Agapito de Cruz Franco
Habla sin
hacer puntos ni comas. No hay paréntesis en su conversación. Tiene algo de ego,
pero de ese alter ego que lo hace especial, único. Parece salido de
algún capítulo de “El Único y su propiedad”, del anarquista individualista Max Stirner. Somos únicos y estamos rodeados de muchos
únicos dijo alguien. Pero Leoncio W. Estévez Merino[1], La
Orotava (1927), hijo de Leoncio
Estévez, preso en Fyffes en 1936 y que da nombre al
CEIP de La Florida (La Orotava), es, además de único, él. Este joven de 82 años
es un conversador incansable. Analista crítico con las élites sociales -sabe
mucho de líderes y absolutismo ilustrado-, te susurra al oído los entresijos de
los villeros del siglo XX y te narra, con un realismo mágico, oscuros secretos
guardados en la memoria de las alcobas, aristocráticas o no, de los señoritos.
Y lo hace al estilo de la novela iberoamericana. No en vano ha pasado media
vida en Venezuela, en centenarios Macondos.
Cuando, como
pintor, te explica sus pinceladas esféricas, no da pie a la respiración,
seguramente por alguna extraña ciencia que como médico conoce. Posee el
desparpajo ruin e inteligente de chico malo y la chispa lúcida de quien
ha jugado de pequeño con todos los santos y descubierto que, estos
intermediarios divinos, llevan pantalones bajo de sus túnicas como sus
homólogos del negocio frutero.
Nació
en la calle Marqués, en San Juan del Farrobo, cuando
en La Orotava existían 10 molinos con dos moliendas cada uno y panaderías por
todos lados. Con un pujante comercio donde se encontraba cualquier cosa, desde
chorizo navarro o extremeño hasta variadas marcas de chocolate. Un tiempo en
que la propia casa no se cerraba y del que -recuerda-, los vecinos, fueran de
izquierdas o de derechas, siempre ayudaban a su familia. Eran los años del Circo
Toti y Caña Dulce en La Garrota; de la Foca Pascual, de espectáculos de perros; de monos
que hacían de jueces, y de comedias y bailes en el Teatro Power;
de infantiles obras teatrales y escenificaciones boxísticas en la calle
Zacarías y Pezcote (luego Calvo Sotelo y ahora sólo Pezcote y con San Zacarías de nuevo desaparecido…) y con el
célebre Padre Antonio, el de Santa Rita –que aún no era Padre- enfundándose los
guantes de boxeo. Un tiempo “de procesiones por dentro y por fuera”, con
Vitremundo Delgado, Luis Machado, Fernando Sosa,
Ezequiel de León o Néstor Rocío, como recuerda al hablar de él Jesús Hernández
Acosta, quien lo describe como de una ingenuidad casi responsable. Pero la
guerra degradó todo: “a mi padre -dice- lo metieron en un camión y se
lo llevaron a Paso Alto, los barcos, y por fin Fyffes. Luego llegaron las reuniones nocturnas,
escuchando a escondidas emisoras como La Pirenaica, Radio Libre de Rusia o
Radio Coimbra hasta que la antena fue descubierta y cortada literalmente. Después -añade-, la gente rica venía a catequizarnos porque
decían que éramos ateos, mientras La Orotava se contaminaba de soldados”.
De pequeño
estudió en La Alhóndiga de San Juan -hoy una plaza-, y en la Escuela Graduada de
La Concepción de La Orotava -cuando estaba en el Ayuntamiento-, para pasar a
los colegios San Isidro y Farráiz. Conoció los
entresijos del Teatro Power, hoy edificio de correos,
y, almacén de papas y cárcel durante los años de la guerra civil. Un teatro que
significó para él sus sueños cumplidos de niño. Se graduó de médico en Zaragoza
a donde tuvo que irse en 1950 por ser hijo de rojo, casándose allí con
una venezolana con la que emigraría a Venezuela. Aquí nacerían sus hijos y
ejercería la medicina en Puerto Cabello, después en el Estado Falcón y luego en
el Estado de Lara (Quibor, Carora y Barquisimeto). Había revalidado el título
en Maracaibo, Estado de Zulia. Ejerció primero la medicina rural (campos y
selva venezolana) Más tarde, médico de la Seguridad Social (IVSS) siendo a la
vez Director de Medicina Vial y médico del Asilo de Ancianos de las Damas de
San Vicente de Paúl.
Escribiría
como crítico de arte y redactando artículos sobre temas sociales -donde
condenaba la mala distribución de los recursos- en dos periódicos regionales
(El Informador y El Impulso). Llevaría a cabo exposiciones de pintura,
obteniendo Medalla de Oro y Diploma de Honor en dos obras: “Pelea de Gallos” y
“Dalias”. Medio teólogo “por tantas clases de religión como recibí”,
añadiría a sus estudios de medicina, los de Pedagogía, ya en América.
De
regreso a La Orotava en 1979, polifacético como pocos, se embarcaría en un
proyecto de Sanidad escolar y rural al tiempo que seguía con sus exposiciones.
Muchos le recordamos con charlas sui generis, donde con una didáctica y plasticidad
exquisitas, sabía llegar al alumnado explicándoles de forma gráfica e
imaginativa la higiene dental, las lombrices, los piojos, las bacterias o la
salmonelosis.
Como
escritor ha publicado: “La muerte de Pedro Gil”, “El Paraíso sin Amor”, “Los niños
que jugaban con los santos” o “Araucarias”. Y próximos a publicar: “Añoranzas y
cantares”, “Memoria rescatada” y “Tomás tuvo razón”. Todas autoediciones y sin
ayuda de nadie.
Leoncio Estévez, hijo, es un hombre del siglo
XX y todo un libro abierto del siglo XX: “Cuando leas mis poemas/mis
canciones y mis versos/piensa que salen del alma/y el alma no tiene precio./Me daré por bien pagado/ si después de tú leerlos/los
jirones de mi alma/ no se han ido con el viento”. (Leoncio Estévez, Añoranzas
y cantares).