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¿SÓLO PODEMOS LLORIQUEAR LOS LITERATOS?
Por Víctor Ramírez
También lo leeré en la revista El Guanche. Lo leí concretamente en
el número 2 de los cinco que pudo dirigir Secundino Delgado en Caracas.
Recordemos que ese ejemplar está fechado el 2 de diciembre de 1897, hace un
siglo justito.
En las páginas 8 y 9 se reproducen 17 octavas reales del poema A mi Patria, en la sección Nuestros Poetas y atribuido a Pablo
Romero. Falta el segundo apellido, pero deduzco que se trata de Pablo Romero y
Palomino.
Había nacido éste en nuestra pequeñita ciudad del 1830; y fallecería en
su finca de Valleseco cincuenticinco
años después, el 18 de septiembre del 85. Estudió en la metrópoli, ordenándose
sacerdote. Fue profesor de Filosofía en La Habana. Ya de regreso, colaboró en
prensas como "El Porvenir de
Canarias", "El Despertador
de Canarias" y "El
Teide" -poquísimos le leerían, claro, pues casi total era el
analfabetismo de nuestros ancestros. Pudo publicar Pablo Romero dos poemarios: Flores del alma en 1858, cuando tenía
28 años, y Recuerdos y suspiros en
el 75, con 45.
Néstor Álamo Hernández afirma de él -y sus razones tendría que fue
misántropo, huraño, descreído, liberal, progresista, ingenuamente carbonario,
cuidadosísimo en el atuendo, pulcro y correcto, alto, moreno, socarrón,
hirsuto. Y también dijo Néstor que, como
no le compraban los libros en las librerías, se iba a venderlos de puerta
en puerta con su criada cargando una cesta llena de ellos. Ya conocemos que
Pablo Romero sostuvo una agria polémica poética con su prima Agustina González
Romero "La Perejila". Y que
él, sacerdote, vivía en la opulencia, al contrario que La Perejila -quien lo creía usurpador de buena parte de la herencia
familiar que a ella correspondía.
Recordemos asimismo en qué miseria vivió y morirá la pobrecilla,
descendiente de personas con ciertos poderes económicos. Cuando el rico
sacerdote fallece, <el tenebroso mar
de la curia se tragó la herencia de
don Pablo> -según dejó constancia poética doña Agustina-: herencia a la
cual, insistamos, creíase con derecho nuestra Perejila: llenándose de natural resentimiento hacia la Iglesia, que
(tenebroso mar) arrambló con las
propiedades del vate Romero y Palomino.
De éste, miren por dónde, aún hoy podemos aprender reflexionando sobre dos
de sus diecisiete octavas reales reproducidas tras su muerte por El Guanche secundiniano:
allá tan lejos, en Caracas. ¡Milagros de la literatura, que sigue con vida
aunque haya fallecido su autor o autora siglos antes! -que diría Azarug. Leamos la antepenúltima.
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Soy de aquellos guerreros descendiente que el furor de su bárbara cuchilla, en triunfo aciago, a la canaria gente inmoló por
los reyes de Castilla; mas bañóme
al nacer canario ambiente y la espléndida luz del sol que brilla de los Canarios en los campos bellos: hijo soy de esta tierra como
ellos". |
Hay mucho de qué aprender en tan pocas
palabras, amigos míos -y se notaba eufórico a Azarug.
Pablo Romero se reconoce heredero de los homicidas invasores españoles. Pero
tengo mis dudas porque demasiados fueron los descendientes plenos de guanches que hicieron desaparecer los documentos que les
acreditaban como tales y que, por contra, se fabricaron ascendencias hispanas:
cuestión de supervivencia y de posibilitarse el medro social.
Mas la lección está cuando se proclama como ellos, como los guanches, como los
masacrados, y aún admitiéndose proceder de los que asesinaron en provecho de los reyes españoles. Y se
proclama guanche porque "hijo es de
esta tierra" y no de España.
(El poema se titula A mi Patria, y ésta -queda
clarísimo- se llama Canarias, no España. Ni dice nada de patria chica o grande).
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Leamos también la octava anterior:
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Perdona, egregia España, al tierno
vate que de lágrimas rinda ofrenda pura a las víctimas tristes del combate y maldiga su voz tu gloria oscura. Dios inunda mi ser: mi pecho late de noble indignación y de amargura, y el rocío inmortal del alto coro de perlas cubrirá mi ardiente
lloro". |
Lo escrito en esta estrofa, amigos míos, refleja la esquizofrenia
castrante de casi todos los literatos canarios que, leyendo y escribiendo,
acaban topándose con esa pérfida realidad que es todo sometimiento a metrópoli
siempre despectiva y tan cruel, codiciosa y nada respetuosa con nuestra
condición de también humanos.
Romero pide perdón y la
califica de "egregia" por
si acaso le meten mano los malditos poderes represivos de siempre por aquí
-aunque admitiera él que aquí casi nadie lee... ¡pero nunca se sabe! Y se
autocalifica de "tierno",
es decir indefenso, asustado -¡siendo sacerdote, perteneciendo al cuerpo
represivo colonial más poderoso del momento! Así y todo, rinde homenaje a sus
compatriotas vencidos, a los guanches.
E incluso no puede esconder su indignación, noble por supuesto, al maldecir la gloria oscura, sangrienta, de los vencedores, de España. Como
sacerdote que es, además de guanche del siglo XIX,
Romero Palomino invoca a Dios, a los cielos, al rocío inmortal del alto coro,
para que santifiquen su poema, su ardiente lloro. ¡Nunca imaginó el misántropo
clérigo que sus versos serían didácticamente reproducidos, veintidós años
después de su muerte, por Secundino Delgado en El Guanche!
¡Ni que acabando el siglo posterior aún nos ayudan en nuestra lucha por
lo más digno para Su Patria, para sus compatriotas: la independencia, la conscienciación emancipadora! ¡Benditos sean Perejila y
Pablo, por mucho que se odiaran entre sí!
5-enero-1998
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