La calle Real de Santa Cruz de La Palma

 

Esa lópez

 

Era una hermosa calle. La más larga del mundo decían algunos, que del muelle a La Alameda tardabas una mañana entera cuando sólo eran diez minutos escasos el recorrido a paso ligero y en solitario.


Pero eran tantas las paradas que uno hacía, tantas las conversaciones, los saludos, las transacciones y las discusiones… Eran tantas las alegrías que compartir o las penas o las noticias, que aquella calle se hacía una vida entera.


Las fotos dicen mucho de aquellos tiempos de gloria cuando procesiones, paseos y aventuras convertían su nombre en una historia viva.


Era una calle con tronío, con elegancia, con nombres que llevarse en la memoria. La Plaza de España, el atrio de su ayuntamiento, los palacios, iglesias, plazuelas y edificios le daban contenido a su nombre. Todo era de realce.
Un día dieron en cambiar los adoquines, las piedras antiguas que se rodeaban de verdor los días de lluvia y brillo reluciente al amanecer cuando las mangueras limpiaban sus aceras. Daba gloria caminar por ella, resbalar por ella, tropezarse en tantos siglos. Son nostalgias, romanticismos, me dije. No debo añorar el pasado si el presente viene a darle otro aire, a engrandecerla.
 Luego pusieron sillas y mesas y toldos en la calle donde uno se sentaba a tomar café y podía seguir hablando, discutiendo, cambiando el mundo. Bueno, pensé, quizá sea bueno para que la calle sea reposo y sosiego y uno haga buenos amigos o buenos negocios.


Pero un día la calle se levantó como de verbena, como ordinaria, como de griterío innecesario, como con olor a churros y pescadito frito de playas atiborradas de bermudas y quioscos parranderos; como de ramera endomingada y perfumada en todo a cien; como de tragaperras o circo de tercera con coches y pitidos y banderolas y etiquetas de todo se vende, nada es gratis y tú a dónde vas con cara de querer hablar con alguien, aquí se viene a pagar algo no a mirar ni a hablar de muertos barrocos; aquí se comercia, buena mujer; aquí se viene de pachanga y músicas ambulantes; fuera esa necedad de que esto era una calle; ya no es una calle ni es nada; esto es un cambalache, un tenderete de muelle arrabalero y váyase usted a paseo con esas monsergas de eucaristía y de arte neoclásico.


La calle es del pueblo y para el pueblo y los adoquines me los arranco yo y los planto en mi casa si quiero entre geranios de plástico, y la fachada renacentista me la llevo a mi casa adosada y al que no le guste, puerta, y a vivir a otra ciudad, que aquí ahora mando yo: el dinero, el comercio de unos pocos, la voraz máquina de deshacer la memoria y el tiempo y los recuerdos y la belleza y la grandeza de una ciudad que era patrimonio de la humanidad o que pudo serlo un día y prefirió convertirse en una ordinaria dama de honor de este pequeño reino de taifas.