FAMILIA GUANCHE AVANZA CON PASO FIRME HACIA LA VIDA
Manuel de Paz *
Bajo la tupida vegetación de las cumbres de
Anaga, la patria del mencey que prefirió morir antes que entregarse a extraños
hombres venidos de lejanas tierras a lomos de la mar bravía, avanza segura una familia guanche. Abre la marcha el más robusto del clan, seguramente su jefe que, armado con el banot de noble madero, garantiza la seguridad de todos sus miembros. No existen mayores peligros, no hay lobos ni otros animales feroces en este lugar de paz, pero es bueno
sentirse guiados por alguien que está dispuesto a arriesgar su vida por el bienestar de su gente.
Avanzan
con firmeza y alegría hacia un destino que conocen. Las últimas nieblas de la
mañana se adhieren a la tierra madre y forman como un riachuelo de espuma que,
alborozados, huellan con paso firme los más jóvenes de la estirpe. Haces de luz penetran por la tupida red de umbrosos tilos, palos-blancos rectilíneos, laureles fabulosos, almácigos robustos, barbusanos,
acebuches, acebiños, viñátigos y troncos de brezo caprichosos y gigantescos
como brazos de animales mitológico. Son los árboles-que han ido creciendo acariciados por los alisios que, a
barlovento, crían sobre los troncos centenarios musgos y líquenes que forman
luengas barbas como de ermitaños antiguos. Todo ese misterio cabe en la sombra del bosque de laurisilva.
,
No
pude evitarlo. Cuando observé la obra, apenas un esbozo en el taller del maestro José Carlos
Gracia, le pregunté hacia dónde emigraba este grupo de
guanches. Tal vez, me dijo, recogen bayas, raíces, semillas con las que
alimentarse, o quizás, simplemente, cruzan la cumbre para
bajar al mar y, a la orilla del, Océano otrora pacífico y libre, como la tierra misma, buscarán lapas y otros recursos que la mar les ofrecerá
benéfica y generosa. Esto mismo es Anaga, monte y-mar; unidos religiosamente en el arcano de los orígenes.
Es
verdad; esta familia guanche avanza con paso firme hacia la vida, y atraviesa el enigma de una naturaleza ebúrnea, pletórica de bellezas, tan ignorada en estos
tiempos de precipitación y de agonía, mientras que por entonces, en el
principio de nuestra historia, los hombres y las mujeres de esta tierra sabían recorrerla con amor reverencial, conocían las fuentes
más ocultas, los senderos que les conducían gozosos hacia la luz y desde la luz. Una luz poderosa y como surgida
de un sol que acabara de iluminar el mundo y, por lo tanto, el tiempo, la
historia, la vida misma. Una luz que, en el fondo del cuadro, brota como un
altar de esperanza y regocijo. En Anaga todo
es luz, monte y mar: El cielo está arriba, muy arriba.
* Catedrático de Historia
Ilustración de José Carlos Gracia
Publicado en el periódico El Día, 9-05-2010