Páginas 149 y
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Los carlistas
Aquéllos paisanos que lo intentaron
cómo olvidarlos, si
no hay un vasco que no los tenga por cualquier abolorio. Eso sí, para
abrazarse con ellos es mejor saltar por encima del 36, porque ellos mismos, los
que quedan, reconocen que fue su rota definitiva. Yo los conocí de muerte, gritando
contra Franco, que por su régimen no salieron a los frentes. Lejos de blasonar
su victoria, se decían una vez más engañados. Queja vana: el desaguisado ya
estaba hecho; inútil preguntarse si se equivocaron de bando.
Mucha menos amargura veía yo -leía mejor
dicho- en los carlistas decimonónicos, a quienes las continuas derrotas parecían
abonar nuevos ardores. Lo había dicho Valle Inclán:
Mientras queden piedras en los pedregales
mientras
tenga ramas esta vieja fronda
donde
cortar picas para tus zagales
mientras en
tu pro se mueva una lanza
carlistas
(digo yo) para vuestra gloria
hay
una esperanza
Los carlistas plantearon un país vasconavarro unido, dentro de las Españas
forales. Lo intentaron con las armas y luego con la
palabra: el Laurak Bat, las cuatro en una, fue la
consigna de la Diputación de Navarra de 1866. Madrid desconfiaba. Desde
Tudela, Gregorio Iribas, en su libro sobre la Gamazada, lo explicaba: "¿No se ha visto siempre la
conducta astuta y cautelosa del Gobierno procurando desunir al pueblo
Vasco-navarro; tratando por separado con los unos y los otros; sembrando entre
ellos la discordia e intentando crear diferencias, para que la envidia y el
recelo surgieran en la noble y laboriosa raza que puebla el territorio común?
¿Y no se comprende que nuestro primer deber; deber de hermanos; deber de
quienes tienen idéntico fin, es apretar cada vez más nuestros vínculos, a
medida que tienden a relajarlos; ahogar con nuestra recíproca generosidad las
suspicacias que quieren despertar entre nosotros; tendernos la mano; salir a
nuestra mutua defensa, y mirar como propias las satisfacciones y desventuras de
cada cual? Hagámoslo así; y sepan los Vascongados que la Euskal
Herria es siempre una; que Navarra suspira por su
bienestar; que los navarros lloran con ellas las injurias causadas a las
venerables libertades que cobijó siempre con honra el árbol sagrado de Guernica; y que para recuperarlas están prontos a
prestarles ayuda en todo momento y ocasión".
Leer a Iribas, a Gervasio Etayo o a Juan Cancio Mena es oír la queja de un pueblo que no se acomoda en la
casa de nueva planta que otros están construyendo y que les deja cada vez más
a la intemperie: en el orden económico anterior veían menos ricos y menos
pobres; más comunal y menos codicia; tal vez más sacerdotes, pero menos
militares y, si el diezmo oprimía, mucho más oprime la quinta. Con el Estado
liberal gana Madrid, ganan los propietarios, mientras se vacía Vasconia y su sangre navega hacia el Mar de Plata. La
lengua queda yerta, en la toponimia. Alejado de su religiosidad, uno quizás no
pueda acompañarlos en sus plegarias, pero sí en sus protestas.