Latifundio

CARLOS PADILLA

 

Canarias es una tierra extraña, inaudita, un lugar en el que cualquiera puede alcanzar el éxito de la noche a la mañana, en el que bajo cada roca yace una inconcebible fuente de riqueza, a la espera sólo de ser encontrada. El sueño macaronésico, la pesadilla de aquellos que decidieron un día abandonar las islas, nos sorprende a todos alguna vez en la vida, transformando de golpe nuestra historia. Cuando llega, cuando levantamos una piedra para hallar en su lecho la fortuna, el estómago se nos da la vuelta y comenzamos a temblar. Un minuto después corremos al concesionario más cercano para cambiar nuestro viejo Seat Panda por un bólido alemán, nos pulimos el erario, aún caliente en los bolsillos, y abandonamos el apartamento en el que empezamos a escribir nuestra biografía para trasladarnos a un gigantesco palacio de mármol, rodeado de alambradas y tan grande como nuestra usura.


La conquista de este sueño por otros nos arrastra a desearlo de una forma insolente. Enloquecemos pensando que jamás podremos alcanzarlo, que pasaremos el resto de nuestra vida encerrados en un bloque de viviendas, esperando la guagua bajo el sereno y comiendo tumbo después del puchero. Día a día, mientras dura la espera ansiosa, nuestra bondad comienza a transformarse en perversión, nace en nosotros un terrible egoísmo y comenzamos a pensar que el triunfo propio, que ahora nos ciega, es el único propósito de nuestra vida, una meta que debemos tocar a toda costa sin importar a quién aplastemos, qué destrocemos o qué atropellos cometamos.


Así hemos construido, a lo largo de los últimos años, una patria de avaros necios, un inmenso latifundio en el que la mayoría de los ciudadanos, aunque creamos lo contrario, sólo somos aparceros. Habitamos el parque de recreo de unos gobernadores despiadados y nos bañamos en la playa de los patrones, avanzando a su son rumbo al centro comercial, a una protesta o incluso a un concierto de Navidad. Regidos por un conciliábulo de regidores y empresarios, sobrevivimos. Pese a que la Justicia no abrace tan fuerte al camino de La Manzanilla como a la Finca de España, amenazados cada jornada por la ruina, esperamos que la cosa mejore sin buscar debajo de las piedras, sino confiando en que el rumbo cambie poco a poco y bregando, no de un tremendo pelotazo.

 

Fuente: Diario de Avisos