La Policía Española
de Ultramar
Miguel
Leal Cruz *
Para completar las relaciones hispano cubanas desde
los inicios de la conquista y colonización de territorios antillanos, pero
específicamente durante el siglo XIX, es preciso hacer alusión a una novedad
institucional en la colonia que fue más preciada posesión española: Cuba. Nos
referimos a la creciente inseguridad ciudadana en la capital de la isla, y en
otras muchas ciudades y comarcas del interior, producidas al calor de la
economía en alza. No es por ello extraño que a partir de la década de los 30,
el Capitán General, don Miguel Tacón Rosique, (más
tarde nombrado Duque de la
Unión de Cuba y Marqués de Bayamo),
procedente del arma de la
Marina, trató de combatir y erradicar los continuos hechos
delictivos que afectaba la tranquilidad de la capital habanera y aledaños,
principalmente.
Para ello dotó de facultades máximas a los comisarios
de barrio, policías ordinarios y jueces de paz, bajo mando de Alcaldes Mayores
(con iguales funciones que en territorio de la Península), con la
obligación de vigilar a las gentes de "mal vivir", controlar a los
portadores de armas, en especial prohibidas, forasteros y todo tipo de
sospechosos. El propio general Tacón, en sus memorias en 1838, cuatro años
después de haber tomado posesión del Gobierno, relata lo mucho que se habló en
"los papeles nacionales y extranjeros del estado de desmoralización en que
se hallaba la Isla
antes del primero de junio de 1834, y no era la verdad exagerado el cuadro que
ofrecían los papeles (sic)". Un número crecido de asesinos, ladrones y
rateros, circulaba por las calles de la capital, matando, hiriendo y robando,
no sólo durante la noche, sino en medio del día y en las calles más centrales y
frecuentadas. Parecía que tanto número de criminales partían de un centro
común o de alguna asociación ramificada y terrible que se ha propuesto
sobreponerse a las leyes, atacar impunemente al ciudadano pacífico, destruir
todos los vínculos sociales. Tal era el terror que había excitado la cohorte de
forajidos, que los dependientes de las casas de comercio, no podían salir a
hacer cobros, sin ir escoltados por la fuerza armada. Igualmente existían
malvados dispuestos a quitar la vida, bajo precios convencionales, a cualquier
persona que se les designase. Muchas veces desde la misma cárcel. No bajaban,
quizá, de doce mil las personas que sin bienes ni ocupación honesta, se
mantenían en la Capital
de las casas públicas de juego, así de blancos como de individuos libres de
color y esclavos. Los vagos eran innumerables.
El general Tacón adoptó severas disposiciones,
plasmadas en un bando de buen gobierno y policía, creando a su vez con carácter
militar el cuerpo de Serenos y de Bomberos bajo mando de un comandante, cuatro
cabos, celadores y serenos hasta un tal de 65 miembros, la mayoría compuesto
por licenciados del Ejército. El éxito fue rotundo ante los delincuentes y protección
de puertos en los periodos de zafra azucarera por la gran cantidad de
inmigrantes que acudían a la recolección.
Haciendo uso del libro publicado por Fundación Policía
Española, Temas de Cultura, Madrid, cuyos autores son Camino del Olmo y Cabo Meseguer, Cuba y Puerto Rico, Temas de Cultura Policial,
Madrid, 2003; no podemos obviar la eficaz intervención de los dos modelos de
Guardia Civil existentes en territorio cubano por aquellas fechas. Las Sección
de la propia Guardia Civil militarizada y la de la Guardia Rural. Las
sublevaciones, al igual que la persecución del bandolerismo, eran competencia
de las fuerzas militares dependientes de la Capitanía General
con sede en La Habana. Deducimos
que el Cuerpo de la
Guardia Civil creado en España en 1844 por el Duque de
Ahumada, se intentó trasplantar a Cuba sólo cuatro años después por el Conde de
Alcoy.
Proponía el Capitán General que, la Guardia Civil, se
organizara cubriendo sus necesidades de hombres armas y caballos a costa de las
unidades militares en la Isla,
sustituyendo así el caduco Regimiento de Lanceros existente, formado por
veteranos o retirados de los Cuerpos de Milicias. Pero será a partir de marzo
de 1854 cuando el Instituto armado se consolidó con el llamado Batallón de la Guardia Civil con ocho
Compañías, al mando del Coronel Zurita, que a su vez desempeñaba la Jefatura de Policía de La Habana y su provincia.
Como consecuencia del levantamiento de Céspedes,
llamado Grito de Yara,
en abril de 1869, se aumentaron dos Compañías, para reprimir los actos
insurreccionales. En las mismas fechas y a petición de los hacendados de las
jurisdicciones de Cárdenas, Colón, Sagua, Cienfuegos,
Santa Clara y Remedios, con objeto de proteger sus fincas, se creó un segundo
tercio costeado por los propios hacendados, víctimas de las quemas y saqueos en
sus propiedades. Siguiendo a los citados autores: El 24 de abril de 1871 se
dispuso la creación de otra Compañía, que sería la novena en la isla, con
destino y jurisdicción en Sancti Spiritus,
y tres meses después otra para Cienfuegos. Estas unidades de Orden Público
paliaron el problema y contribuyeron a la persecución de maleantes de caminos
así como a la represión de elementos no adictos a España que contribuían a la
sedición e independencia de España.
Para 1898, la Guardia Civil en Cuba constaba de Tres Tercios,
que numerados correlativamente con los de la Península, llevaban los
números 17, 18 y 19.
Se ha de observar, asimismo, que como organización
afín y en gran manera dependiente de este Instituto armado, por RROO de
25 de abril de 1877, se dispuso la creación de diversas Secciones de la llamada
Guardia Civil Rural, que, en la década de los cincuenta del siglo, había estado
integrada en el Cuerpo de Policía existente entonces en la Isla.
Los insurrectos cubanos proclaman una nueva república
con el presidente Céspedes (1869), en clara desobediencia al gobierno de Madrid
por considerar próximo el triunfo, y adoptan una constitución similar a la de
los EE UU. En consecuencia, su Gobierno fue reconocido por los de Chile,
Bolivia, Méjico y Perú. Mas, las cosas se complican para los rebeldes por los
triunfos del ejército español renovado con los nuevos contingentes enviados
desde la Península;
Céspedes dimite por desacuerdos con Agramonte, el
otro jefe insurrecto, y bajo la presión de los españoles que logran la captura
y muerte del dirigente cubano; la causa rebelde decae refugiándose en la
manigua y zonas montañosas los restos del ejército «mambí».
El Pacto de Zanjón establecía, en orden a que los
cubanos depusieran las armas, que se le concedería a Cuba las mismas
prerrogativas orgánicas y administrativas de que gozaba Puerto Rico, en
aquellos momentos, y el olvido del pasado, ofreciéndose garantías a los ex
combatientes que quisieran salir del país. Los jefes más representativos de la
revolución firmaron el Pacto el 10 de febrero de 1878. Antonio Maceo y otros
patriotas se pronunciaron en contra y continuaron la Guerra por algunos meses
antes de capitular definitivamente el 28 de mayo. Sin embargo, el pacto, mal acogido
en España, constituyó sólo una tregua pues por integración de los
revolucionarios vencidos se estableció en la isla el partido liberal. La guerra
de la independencia no tardaría en reanudarse ya que en 1879 el general Calixto
García se lanzó a la lucha en la llamada Guerra Chiquita que duró cerca de un
año, al cabo del cual, los rebeldes, sin organización ni recursos, y ante la
indiferencia del país, cansado de diez años de luchas, depusieron las armas.
Entre 1879 y 1895 hubo varias tentativas revolucionarias
frustradas. En Nueva York, Filadelfia, Tampa, Cayo
Hueso, Kingston y Santo Domingo los desterrados cubanos formaban sociedades y
círculos patrióticos.
En 1892 el poeta José Martí de origen isleño [canario]
fundó desde el exilio el Partido Revolucionario Cubano, cuyo objetivo era
alcanzar la independencia absoluta de la isla. Con la colaboración de Máximo
Gómez y Antonio Maceo, Martí organizó la revolución que se inició el 24 de
febrero de 1895, pero murió antes de iniciarse la acordada invasión del
occidente cubano, con objetivo en la capital.
Los naturales de Canarias que participaron en la
guerra, según investigaciones efectuadas por el general cubano Carlos Rolov y confirmadas en algunas entrevistas de colaboración
por el licenciado por la
Universidad de La
Habana, don Alfredo Martín Fadragás,
en última visita a estas islas, fueron muchos. Parece alcanzan la proporción
del 45% del total de fallecidos en el transcurso de ambas guerras, aspecto que
igualmente confirma el periodista canario, natural de Los Llanos de Aridane, Isla de La Palma, que vivió los hechos, Luis Felipe Gómez Wangüemert, desde Pinar del Río colaborando con la causa
española como voluntario, donde llegó a ostentar el grado de comandante en
la defensa de Cuba a favor de España. Pero, tras la voladura del Maine y la ayuda de Norteamérica a los rebeldes cubanos, la Policía destinada
en aquella isla, en poco tiempo (tras la firma del Tratado de Paris, a mes y
medio de la pérdida oficial de la soberanía española) cesaba en sus funciones
oficiales. En consecuencia han de abandonar la Isla corporativamente ante una Comisión
norteamericana de evacuación establecida en La Habana, que era la
verdadera dueña de la situación posbélica en detrimento de los cubanos y en
perjuicio de España.
Tal como puntan Camino del Olmo y Cabo Meseguer, en la citada investigación, p. 87, que como
tantos españoles, los Guardias de Orden Público y también los de la Benemérita pertenecían
al paisaje y paisanaje de la isla. De la lectura de la prensa cubana de la época
se deduce tal arraigo en todos los campos sociales, vivían en contacto directo
con alegrías y problemas de la sociedad a la que servían. En el Diario de La Marina, La Lucha, El País, El Español y
otros diarios habaneros era habitual la aparición de los servicios llevados a
cabo por estos leales servidores del orden.
Como hispano-cubanos habían establecido raíces
familiares personales en la Isla,
y muchos de ellos abandonarían aquella tierra pero otros no. Cuba era ya el
verdadero hogar de otros muchos españoles. Era necesario admitirlo, mientras no
les esperaba nadie ni nada en la
Patria vieja, si tenían un futuro en la nueva que se llamaba
República de Cuba. La guerra fue sin duda muy cruel, ninguna guerra deja de
serlo, pero no había desarrollado significativamente un sentimiento genérico y
de enfrentamiento anti-español, que impidiera la convivencia y menos aún
existiendo lazos de parentesco adquirido durante tantos siglos. La mayoría de
los dirigentes cubanos en la emancipación eran de ascendencia española y fue
también muy importante la presencia de españoles en las filas del ejército
libertador cubano. Entre ellos muchos "isleños" [canarios], como se
ha dicho en otros apartados de la investigación. Pero un imperio en alza daría
al traste con la voluntad española: Estados Unidos.
Un dato claro de injerencia norteamericana en Cuba; El
yate del mayor enemigo de España en Cuba: William Randolph
Hearst, periodista yanqui sin escrúpulos, estuvo
anclado en lugar próximo al acorazado americano Maine
cuatro días antes de la voladura; tomaba fotos de la bahía (otras fotos de la
época así lo atestiguan). El magnate de la prensa, con varios corresponsales a
su servicio en la Isla,
había llegado de forma extraña y sorpresiva, hasta que fue expulsado por
fuerzas del coronel español Paglieri, de la Guardia Civil.
La presencia de las Fuerzas de Orden Público durante
estos acontecimientos constituye una prolongación de las existentes en la España peninsular. Aparece
reflejada con profesionalidad y rigor en el libro de los autores Miguel a
Camino del Olmo y Vicente Cabo Meseguer, editado por la Fundación Policía
Española, Temas de cultura Policial, citado anteriormente, "La Policía española
de Ultramar, Cuba y Puerto Rico", Madrid, 2003.
* Doctor en Periodismo; Inspector-Jefe de Policía
Nacional – 2ª Actividad.