APORTE DEL CANARIO AL PROGRESO DE LOS PUEBLOS


 Por Dr. Julián Reverón

 


La historia del hombre es la historia de su migración en el espacio. Pero sólo unos pocos están dotados de esa dinámica especial que les impele a moverse, a proyectarse, a buscar renova­ción y cambio, a crecer y progresar.

 

El hombre que migra, desde el punto de vista sociológico, es un radical libre. Capaz de romper con la tradición de los siglos, con la familia; corta de un solo tajo los lazos ancestrales; da la espalda a la seguridad de lo conocido y se lanza a la exploración de lo ignoto. Es el mismo mágico impulso que animó a nuestro remoto antepasado a abandonar la seguridad del bosque para irrumpir en un medio ajeno, desconocido y hostil y convertirse en homo sapiens.

 

Es este el hombre que porta la simiente del cambio, de la civilización y del progreso. Es este el hombre que construye patrias nuevas. Es este el hombre a quien debe la humanidad su avance permanente.

Venezuela, como la mayor parte de nuestros pueblos latino­americanos, es también un país que se ha nutrido con la incor­poración masiva del inmigrante; y hasta se puede afirmar de ma­nera categórica que el país ha sido construido con la presencia ineludible del inmigrante. Desafortunadamente, esa corriente migratoria, portadora de savia renovadora, se ha visto detenida, sacrificada en aras de un nacionalismo muchas veces mal interpretado, inspirado en tesis trasnochadas, cuando no retaliadoras, de algunos que pretenden ignorar la historia y la sociología para proteger intereses inmediatos y mezquinos, en detrimento de los intereses trascendentes del hombre y la sociedad.

 

No existe mejor ejemplo para ilustrar lo expuesto que el caso del canario en Venezuela. El aporte del canario brilla de manera por demás visible. Siete presidentes han sido descendientes de canarios, entre ellos: Don Rómulo Betancourt (q.e.p.d.) y el Dr. Rafael Caldera Rodríguez. Por las venas de Bello, Vargas, Páez y otros corría sangre canaria. Pero más allá de los próceres, más allá del hombre público, se encuentra el hombre común que no descolla hasta esos grados insignes, pero que no por eso deja de ser menos importante.

 

¿Quién es el canario común y cómo actúa? ¿Cuan es su actitud hacia la vida; su idiosincracia, su vocación y, en definitiva, su aporte al progreso de la sociedad que le acogió?

 

El canario es hombre de campo y a la vez hombre de mar. El hecho de su insularidad ha moldeado en él un carácter franco, abierto, leal y dispuesto para la amistad y la actitud generosa y cordial. Las condiciones de su suelo natal, obligaron al canario a trabajar siempre muy duro para subsistir. El isleño es funda­mentalmente un hombre de trabajo. Hombre de empuje, inno­vador y sociable; respetuoso, admirador y sembrador de todo lo que tenga que ver con la cultura. Capaz de aventurarse en una frágil canoa para cruzar el mar en búsqueda de su destino; y de acometer, con la misma decisión tradicional en la que se ha for­mado por el desafío tremendo de su naturaleza, cualquier empre­sa del tamaño que sea.

 

En Venezuela el canario se ha desempeñado en cargos de la mayor responsabilidad dentro de la administración pública. Ha sido empresario pequeño y grande; empleado de todos los niveles
en el sector privado. Ha incursionado en todas las actividades imaginables. Hombre gregario, dado a la conservación de sus tradiciones culturales, ha sembrado el país de centros culturales y sociales en los cuales departe fraternalmente con paisanos y extraños.

 

Pero más allá de todo este pluralismo en la acción, hay un campo en el cual destaca de manera por demás conspicua la obra del canario: la agricultura.

 

No hay lugar de Venezuela, por remoto que esté, en que no haya dejado su huella la labor progresista del canario. En Aragua, Carabobo, Portuguesa, Lara, Guárico, Barinas, Guayana y Los Andes, está presente la obra del isleño. En Quibor su tesón y su capacidad innovadora convierten el desierto en una de las regiones más productivas del país. En Nirgua, donde fracasara de manera rotunda una colonia de daneses, especialmente traída por el gobierno, el isleño puebla la tierra de naranjales que hoy son orgullo de la agricultura venezolana. No se puede pasar por alto en este tan general e incompleto recorrido, el ejemplo dado por la iniciativa canaria en Altagracia de Orituco, donde se crea el Complejo Agro-Industrial del Guárico, el cual aglutina a ciento treinta y cuatro productores de tomate, tabaco, sorgo, maíz, lechozas, etc. entre otros productos; y en cuyo seno departen, de la manera más fraterna, venezolanos y canarios en fecunda aso­ciación.

 

Es de tal magnitud la participación del isleño en la acción agrí­cola que más del cincuenta por ciento de la producción de ali­mentos se debe al esfuerzo directo del canario.

 

Como fuente de trabajo, el sector agrícola conforma una de las áreas generadoras de empleo de la mayor importancia. Si consideramos que por cada veinte hectáreas de cultivo, es nece­sario utilizar el concurso de diez trabajadores —que son general­mente venezolanos— podemos colegir la trascendencia de la obra que, desde el punto de vista social y económico, comporta la actividad del isleño en la explotación de este principalísimo y estratégico renglón de la economía.

 

No satisfecho con los logros alcanzados como agricultor, el isleño incursiona con no menos éxito en el campo de la distribu­ción y comercialización de alimentos, pero premunido de su innegable vocación social y de servicio. Cuando alguien hable del más destacado en materia de ventas de productos del agro, tráte­se de papas, patillas, tomates o huevos, lo más seguro es que se esté refiriendo a un empresario isleño. La evocación resulta ine­vitable cuando se alude a un comerciante de Coche o Quinta Crespo. Lo propio ocurre en una gran porción de plazas del interior en que el fenómeno del dominio canario en materia de distribución y comercialización de alimentos, se repite en expre­sión inequívoca de la capacidad organizativa y de empuje isle­ños.

 

Al margen de toda jactancia, cabe afirmar que el canario como nadie, ha contribuido a tender un puente de conciliación, buena voluntad y fraternidad entre los pueblos de Venezuela y Canarias. Puente que, sabiamente aprovechado, puede generar relaciones mutua y recíprocamente provechosas y de trascen­dencia incalculable.

 

Fuente: Influencia Histórica de la Emigración Canaria en el Desarrollo de Venezuela <> Primer Congreso Mundial de Emigración Canaria, Octubre de 1982