Hautacuperche héroe gomero

 

Juan Jesús Ayala

 


Valle Gran Rey ahí es­tá, como siempre, con su historia, sus leyen­das y cuidando con ce­lo páginas escritas, mas bien orales, que se han ido trasmitiendo de genera­ción en generación y que funcio­nan como un aldabonazo en la conciencia de la isla. Conciencia que si aparentemente permanece silenciada, casi dormida, no es así. Su palpito se oye apenas hablas con la gente, apenas miras con los ojos de la memoria las conjuras, y más aun cuando tienes delante de ti, no muy lejos, que casi la tocas, la majestuosidad de la Baja del Se­creto o esa escultura rememorizante de Hautacuperche.

 

Fue en la Baja del Secreto don­de se fraguó la venganza. Hacia ella llegaron nadando desde la ori­lla el viejo y sabio Hupalupa quien tenía el mando de La Gomera des­pués de la muerte de Amalaguise, que era a su vez padre de Iballa, su hijo Calabuige (presunto trai­dor al que dio muerte) y nuestro héroe Hautacuperche prometido de Iballa. Princesa del cantón de Orone, la cual estaba siendo acosa­da insistentemente por el Conde y Señor de la Gomera, Guillen Peraza, por cuyo motivo en esa con­jura se decidió darle muerte. Y así sucedió. Cuando el Conde se diri­gía hacia Valle Gran Rey y en el lu­gar conocido por Aguedun, actual­mente La Degollada de Peraza, Huatacuperche degollándolo aca­bó con su vida.

 

Este acontecimiento enfureció aun más a doña Beatriz de Bobadilla que, tras la llamada de refuer­zos que se trasladaron a la isla desde Gran Canaria, se procedió el exterminio del pueblo gomero lo que motivó, ante esta tragedia que se vaticinaba, que el viejo y sabio Hupalupa se suicidara no sin an­tes atar en un fole a Iballa y a Hau­tacuperche para que llegaran arri­bando a las costas de Tenerife.


La historia del personaje, de Huatacuperche, se significa como el mejor referente del pueblo go­mero que ante el ultraje y el domi­nio que soportaba por el poder castellano, definido por la figura de Hernán Peraza, enarboló como su mejor pabellón de guerra y su­pervivencia la dignidad de todo un pueblo.

 

Y está bien que la figura escul­tórica del héroe esté ahí donde se ha ubicado, cerca del Charco del Conde y enfrente de la Baja del Secreto. Pero esa es otra historia. En parte, si acaso, copia de la an­terior.

 

Y es que una vez que allí se ci­menta la escultura como recuerdo de la memoria histórica de un pue­blo, no es ahora Hernán Peraza si­no el poder establecido el que marca sus dominios y pone de ma­nifiesto que ese trozo de territorio, tal vez de diez metros cuadrados, no nos pertenece, hay que obligar a que esta página de la historia de la isla se emborrone, se diluya, se
la trague el mar y no precisamente para que se dirija hacia el roque­dal de la Baja del Secreto sino que se desmenuce en trozos de cuen­tos chinos que vayan hacia ningún lado.

 

Y aquel lugar que hasta hace bien poco era un criadero de mos­cas y miasmas que no merecía la atención del poder establecido, si que la merece ahora porque da la impresión que la historia al remo­verla a mas de uno le duele y para eso se buscan y rebuscan leyes con la intención de proteger lo que antes le importaba un pito.

 

Y no es que se pida gran cosa, solo un gesto de lealtad simple­mente. Sabemos, como no, que es­tán el reglamento, las leyes y todo lo que se quiera como también se sabe que si aparece cualquier atis­bo de inconformismo hay que des­plazarlo con el silencio para que la desmemoria siga funcionando.

 

Y no debe ser así. Porque los pueblos necesitan de su historia y de sus héroes. Y si en un tiempo la
gente de la isla se debatía entre los cañones y arcabuces castellanos poniendo en frente piedras, lanzas de madera y valor, hay que saber­lo, hay que romper oscuridades con la luz de la memoria que es lo que favorece que se conozca el pa­sado.

 

Ocultar, tergiversar, seguir con la influencia prepotente desde allá no está bien. Castilla estuvo en La Gomera, de ahí que el acervo histó­rico de su capital San Sebastián posea diversas referencias de su presencia. Castilla también estuvo en Valle Gran Rey donde también hay algún que otro vestigio de su paso. Por eso no desplacemos lo que aconteció en la isla, lo que for­ma parte de su cuerpo, no lo so­metamos al olvido porque eso en definitiva es volver a lo mismo, a sacar el rejo del viejo conquista­dor. Y no está bien. Dejémosle el protagonismo a los pueblos y me­tamos de una vez por todas en el desván de los recuerdos el ordeno y mando.