Diez
ideas para la cumbre
Gustavo
Duch *
Un mundo sin
imperialismo ni colonialismo. Priorizar la producción local para el consumo
local.
En términos médicos, se define como enfermedad
sistémica aquella que afecta a todo el organismo. Las crisis económica,
ecológica, hídrica, energética, política y alimentaria son parte de una crisis
sistémica que afecta a todo el planeta. Como pasa con todas las enfermedades,
necesitamos rápidamente ponerle tratamiento. A este respecto, me parece que
deberíamos prestar atención a las siguientes diez medidas, enmarcadas en un
particular manifiesto llamado Vivir bien.
“Primero,
si queremos salvar al planeta Tierra para salvar la vida y a la humanidad,
estamos en la obligación de acabar con el sistema capitalista. Los graves
efectos del cambio climático, de las crisis energéticas, alimentarias y
financieras son producto del sistema capitalista vigente, inhumano con su
desarrollo industrial ilimitado.
Segundo: renunciar a la guerra, porque de las guerras no
ganan los pueblos, sólo ganan los imperios; no ganan las naciones, sino las
transnacionales. Los trillones de millones que se destinan a la guerra deben
ser destinados para reparar y curar a la madre Tierra, que está herida por el
cambio climático.
Tercera propuesta para el debate: un mundo sin imperialismo
ni colonialismo, donde las relaciones deben estar orientadas en el marco de la
complementariedad, y tomar en cuenta las profundas asimetrías que existen de
familia a familia, de país a país y de continente a continente.
El cuarto
punto esta orientado al tema del agua, que debe ser garantizada como derecho
humano y evitar su privatización y concentración en pocas manos, ya que el agua
es vida.
Como quinto punto, debemos buscar cómo acabar con el
derroche de energía. En 100 años estamos acabando con la energía fósil creada
durante millones de años. Como algunos presidentes reservan tierras para
automóviles de lujo y no para el ser humano, debemos implementar políticas para
frenar los agrocombustibles y de esta manera evitar
hambre y miseria para nuestros pueblos.
Como sexto
punto: respecto a la madre Tierra. El sistema capitalista la trata como materia
prima, pero la
Tierra no puede ser entendida como una
mercancía. ¿Quién podría privatizar o alquilar a su madre? Es necesario que
organicemos un movimiento internacional en defensa de la madre naturaleza para
recuperar la salud de la madre Tierra y restablecer la vida armónica y
responsable con ella.
Un tema central, como séptimo punto para el debate, es que los servicios básicos –agua,
luz, educación, salud– deben ser tomados en cuenta
como derechos humanos.
Como octavo
punto, consumir lo necesario, priorizar lo que producimos y consumimos
localmente, acabar con el consumismo, el derroche y el lujo. Debemos priorizar
la producción local para el consumo local, estimulando el autosostenimiento y
la soberanía de las comunidades dentro de los límites que la salud y los
recursos menguados del planeta permitan.
Como penúltimo
punto, promover la diversidad de culturas y economías. Vivir en unidad
respetando nuestras diferencias, no solamente fisonómicas sino también
económicas; economías manejadas por las comunidades y las asociaciones.
Y, como décimo
punto, planteamos vivir bien, no vivir mejor a costa del otro, sino un vivir
bien basado en la vivencia de nuestros pueblos, las riquezas de nuestras comunidades,
tierras fértiles, agua y aire limpios. Se habla mucho del socialismo, pero hay
que mejorar ese socialismo del siglo XXI,
construyendo un socialismo comunitario o sencillamente el vivir bien, en
armonía con la madre Tierra, respetando las formas de vivencia de la comunidad”.
Con mucha anticipación, y también con más acierto a
las reacciones que ahora aburren, se presentó este decálogo en septiembre del
año pasado a todos los líderes del planeta reunidos en la
Asamblea General de las Naciones Unidas. Las
presentó un campesino e indígena y presidente del segundo país más pobre de
América Latina, en donde está llevando adelante luchas y reformas para hacer
que el pueblo boliviano recupere su soberanía frente a la oligarquía y las
multinacionales. Seguramente por eso, por estar cerca de la realidad de los
pueblos empobrecidos, Evo Morales atina en sus propuestas. Podemos optar por
medidas conservadoras y medicamentos ya probados que nos devolverán un paciente
intubado y con alimentación artificial, en estado crítico y sin posibilidad de
curación completa. O plantearnos tratamientos audaces, alternativos, antes
nunca usados en aras de un vivir bien colectivo y renovado.
Hace 60 años, el mundo asumió un discurso único para
superar las secuelas de la
Segunda Guerra Mundial con la
Declaración Universal de los Derechos
Humanos. Sin embargo, el avance en el respeto y realización de esos derechos
humanos se ha visto comprometido, cuando no totalmente frenado, por el
imperativo del crecimiento económico y la acumulación capitalista,
especialmente en estos últimos años dominados por la liberalización salvaje y
la desregularización de la economía a escala mundial. Globalización de la
economía sin globalización de los derechos humanos, y ahora globalización del nuevo
desastre, un coste sobreañadido a las ya sobrecargadas espaldas de la población
más pobre del planeta, y especialmente de aquellos grupos de personas que los
modelos sociales imperantes colocan estructuralmente en situación de
vulnerabilidad: mujeres, niños y niñas y ancianos.
Las medidas propuestas por Evo Morales deberían estar
sobre la mesa de la cumbre del G-20 en Washington el próximo 15 de noviembre y
jugar ese papel global que nos llevase a profundizar en políticas basadas en
esos derechos humanos para alcanzar la igualdad de todos los seres humanos en
sano equilibrio con el planeta.
* Gustavo Duch es
director de Veterinarios sin Fronteras
Público 7/11/2008
Diez
ideas para la cumbre