RECONCILIACIÓN Y OLVIDO

 

Eligio Hernández *

 

Las asociaciones para la recuperación de la memoria histórica y todo el movimiento memorialista tienen como objetivo principal, sin duda, la reconciliación entre los españoles, que si no se quisiera sinceramente, deslegitimaría todas las denuncias e iniciativas para la exhumación e identificación de los desaparecidos durante la guerra civil y el franquismo. Pero no es posible, como, incomprensiblemente, ha dicho el cardenal Rouco Varela, pretender, al mismo tiempo, el olvido y predicar la reconciliación, que, para que sea definitiva y auténtica, tiene que basarse en la justicia, que no podrá realizase mientras a las víctimas de los vencidos de la contienda fraticida no se les de el mismo trato humano que a las victimas de los vencedores. La reconciliación no podrá consolidarse mientras las víctimas de media España hayan recibido homenajes, beatificaciones, y digna o cristiana sepultura; y las victimas de la otra media permanezca denigrada y sepultada ilegalmente en las cunetas, pozos y fosas comunes. Como ha dicho con acierto Amalio Blanco (“El deber de la memoria, El País del 31 de diciembre de 2003“): “No queremos que el silencio siga degradando a las víctimas inocentes, porque sabemos que callar es condenar injustamente dos veces, porque no es lícito volver a matar a lo muertos, porque olvidar es volver a mancillar la dignidad de las personas. El silencio es la tortura de la memoria” No se puede cuestionar la sincera voluntad de reconciliación de los que venimos trabajando por recuperar el legado de la II República, pues fueron los líderes políticos republicanos más significativos, los que, en plena guerra civil, cimentaron las bases sobre las cuales, superada la dictadura y la transición, se pueda asentar la reconciliación. En efecto, el 18 de julio de 1938, Don Manuel Azaña, en el Ayuntamiento de Barcelona recordada, en un famoso discurso: “… a esos hombres que han caído embravecidos en la batalla, luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que, ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella ,el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Perdón, Piedad”.

 

El Consejo de Ministros presidido por el Dr. Negrín aprobó el 30 de abril de 1938, los trece puntos que serían publicados el 1º de mayo, que se denominaron Declaración de Principios o Programa de Estado, en cuyo punto 13 se establecía:“amplia amnistía para todos los españoles que quieran cooperar en la inmensa labor de la reconstrucción y engrandecimiento de España. Después de una lucha cruenta como la que ensangrienta nuestra tierra, en la que han surgido las viejas virtudes del heroísmo, cometerá un delito de alta traición a los destinos de nuestra patria aquél que no reprima y ahogue roda idea de venganza y represalia, en aras de una acción de sacrificios y trabajos que por el porvenir de España estamos obligados a realizar todos sus hijos”. Desde su exilio mejicano, Indalecio Prieto, exclamó: “Me están vedados los cementerios de España, pero si pudiera volver a ellos, pondría un ramo de rosas rojas en las tumbas de mis adversarios que también murieron por España”. No conozco palabras semejantes que hayan sido pronunciadas, después o durante la guerra civil, por el mando militar vencedor, que, antes al contrario, inició una cruenta represión nada más terminada la guerra. Como dijo Azaña (24 de agosto de 1939.La Prarle. Collonger-sous Salive): “Ahora no saben que hacer con su victoria, y todo lo que se les alcanza es proseguir, en cierta manera, la guerra. Dentro de la enormidad de su fechoría pudieron haber realizado una acción sensata si, al terminarse las operaciones militares hubieran abierto una era de olvido desocupando las cárceles y licenciando a sus verdugos. La impresión de alivio junto con la alegría general por ver acabada la guerra , hubiera dado así al nuevo régimen la atmósfera respirable que necesitaba .Pero unos hombre capaces de concebir una política de ese porte y de llevarla a término, no hubieran sido capaces de provocar la guerra que han hecho. Por otra parte, suprimido el terror de todos los ámbitos de la Península habría surgido una pregunta sin respuesta posible:¿Para que ha servido todo esto?. Están pues amarrados a su propia obra, y condenados a la siniestra imbecilidad de un jerifalte. Que no podrán ceder nunca en nada, porque la menor concesión, no solamente los destruye, sino que los condena y se delatan”.

 

Pero lo que más nos duele a los que somos creyentes cristianos, es que tampoco conocemos que la jerarquía eclesiástica, que bendijo la represión, haya pronunciado durante o después de la guerra, palabras de reconciliación similares a las de los líderes republicanos. Todavía la iglesia jerárquica no se ha preguntado, y si lo ha hecho, no ha respondido, porqué odiaban a la iglesia los pobres depauperados, sumidos en el analfabetismo y explotados por los terratenientes, y los obreros, que lucharon y murieron por la Republica, y que también son hijos de Dios, por lo que, al menos, merecen que se les rece un padrenuestro, y se les dé digna o cristiana sepultura. Es indiscutible, de acuerdo con el recurso del Ministerio Fiscal y del Auto de inhibición del Juez Garzón, que los jueces de instrucción, al igual que los fiscales, de todas y cada una de las localidades donde se han denunciado desapariciones, tienen la competencia y, por lo tanto, la obligación legal ineludible, en cumplimiento de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, de promover y ordenar las exhumaciones e identificaciones correspondientes, sin perjuicio de que los procedimientos penales que se hayan incoado, puedan sobreseerse, posteriormente, por desconocimiento de los autores de los asesinatos, detenciones e inhumaciones ilegales, o porque aquellos hayan fallecido.

 

* Vicepresidente de la Fundación Juan Negrín

 

 

Fuente: Página de Pedro Medina Sanabria