Al rescate del coche
Juan Jesús Bermúdez
Si hay algún símbolo de nuestra civilización hiperindustrial, ese es el automóvil. De recientísima
aparición en
Aproximadamente el 30% del petróleo mundial diario se
destina a mover los vehículos privados, de lejos el principal consumidor de
este recurso único, que se volatiliza con cada trayecto, tras decenas o cientos
de millones de años de preparación en el subsuelo para su posterior combustión
diaria.
La industria del motor es una de las principales del
Mundo, y el poderío económico de cada nación está hoy directamente relacionado
con su capacidad de producción de vehículos, siendo que todos los países pugnan
por atraer o no dejar escapar las grandes cadenas de montaje y la enorme
industria auxiliar que implica fabricarlos.
La multiplicación de este modo de transporte ha
definido, no únicamente sectores económicos enteros y gran cantidad de empleo,
etc. sino también la forma de concebir el espacio y el tiempo: las distancias
para hacer lo básico se han hecho enormes, y el tiempo para abarcar espacios
inimaginables por nuestros abuelos también. El automovilista, propulsado por el
combustible líquido de mayor poder energético de Historia, circula normalmente
con potencias que superan los 60 y 100 caballos de vapor, una unidad de
potencia que pretendió equiparar la fuerza de un equino elevando un peso de
El transporte privado probablemente esté llegando a su
cenit de expansión histórica, aunque bien es verdad que las zonas ricas
pretenderán frustar la lógica tendencia paralela al
declive petrolero inevitable tras décadas de hueco creciente entre la
extracción del recurso y los decrecientes descubrimientos de crudo: la práctica
totalidad del parque móvil mundial está concebida para el petróleo. El intento
de rescate de la sinrazón de este modelo de movilidad ya ha provocado millones
de víctimas en las guerras por el crudo, y promete, si no se frusta el intento, incrementar su violencia, de forma
inversamente proporcional al descenso petrolero.
Es una enorme quimera pretender sustituir este
escándalo motorizado que es la movilidad privada industrial por cualquier otro
combustible: es comprensible que el jinete contemporáneo olvide que hay
límites planetarios, cuando cotidianamente pasa de