Génesis
Magec
creó el volcán. Primeramente hizo surgir a la Isla de las profundidades del abismo, y la Isla creció hasta
alcanzar las nubes y convertirse en columna del cielo. Así, pues, Magec, el sumo Hacedor, separó
el agua de la tieerra y del fuego, y sopló para enfriar las rocas que salían ardientes del Tártaro increado, del abismo insondable por el que, al principio de todos los tiempos, se paseaba solamente la sombra luminosa de Magec, el Creador del cielo y de la luz, del mar y de
la tierra. Según escribió fray Alonso de
Espinosa en su Del origen y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de Candelaria (publicada por vez primera en Sevilla, 1594), "tenían los naturales para sí que Dios los había creado del agua y de la tierra, tanto" hombres como mujeres". Así que Magec tornó ceniza del volcán, almagre rojo de las viejas coladas de lava que recubrían el rostro de la Isla como el de una Gorgona, formando trenzas rubicundas y brillantes a la luz del Sol del último día de la Creación, y dio vida y forma a hombres y mujeres. Los .hizo bellos, jóvenes e iguales en razón y libertad, y les dio el paraíso de la Isla para que lo habitaran ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos.
Magec no estableció diferencias entre hombres y mujeres a la hora de engendrarlos de una misma tierra y una misma agua, ni les amenazó con la expulsión del Edén, ni les prohibió que comiesen de ninguna fruta concreta, ya que solamente había mocaneras, madroños, yerbas y raíces
que resultaban imprescindibles para la subsistencia de los nuevos pobladores y de su ganado. Les dio, eso sí, cabras, ovejas y cerdos para que pudieran criarlos y alimentarse de ellos, y les mostró los cereales de los"que podían obtener él gofio que era como el pan nuestro de cada día. Eso hizo Magec por
los primeros hijos de esta tierra.
Los
primeros hombres y mujeres de Tenerife, los primitivos guanches, que fueron
creados a partir del almagre, de la ceniza, de la tierra, en fin, y por supuesto del agua, como casi todos los primeros hombres que pueblan el planeta, gozaron
del privilegio de
habitar una tierra. apacible, en la que no existían fieras ni animales salvajes, ni reptiles ponzoñosos, ni extraños y voraces insectos, era una tierra de suelos feraces, en los que se criaban las
hierbas para el ganado y los cereales para la cosecha, y dónde grandes y bellos árboles daban sombra y sosiego a los
pastores y gañanes que recorrían la Isla de norte a sur y de sur a norte.
Por ello, la mayor de las Canarias y el archipiélago, en general, no tardó en ser conocido corno la Mansión de los Bienaventurados, reservándose como morada de los guanches y los 'héroes del mundo clásico. Magec, que tenía el corazón grande, creó una tierra feliz para que cupieran en ella todas las buenas gentes del pasado.
Óleo sobre lienzo
de José Carlos Gracia
Texto de Manuel de
Paz
Publicado en el periódico El
Día, pág. 64, de
fecha 27-06-2010